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  • Tu perro no aprende de tus intenciones: aprende de lo que pasa después

    Tu perro no aprende de tus intenciones: aprende de lo que pasa después

    Tu perro ladra.

    Abres la puerta.

    Mañana vuelve a ladrar.

    Parece una escena sin importancia.

    Pero ahí puede estar ocurriendo aprendizaje.

    La idea central del condicionamiento operante es sencilla:

    las conductas pueden aumentar o disminuir según las consecuencias que producen.

    Y esto cambia una pregunta muy común.

    En vez de:

    “¿Por qué mi perro hace esto?”

    prueba con:

    “¿Qué consigue justo después de hacerlo?”


    1. Tu intención no define lo que el perro aprendió

    Imagina esto:

    Tu perro roba un calcetín.

    Tú gritas:

    “¡No!”

    Después corres detrás de él.

    Desde tu perspectiva:

    lo corregiste.

    Pero mira qué ocurrió después.

    Roba calcetín
    → recibe atención
    → empieza una persecución.

    Si con el tiempo roba más objetos, aquella “corrección” no está reduciendo la conducta.

    Quizá incluso esté ayudando a mantenerla.

    La regla importante es ésta:

    una consecuencia se clasifica por lo que hace a la conducta futura, no por lo que la persona pretendía conseguir.

    Frase para recordar:

    la función importa más que la intención.


    2. Premio ≠ reforzador

    Le das comida.

    ¿Eso significa que estás reforzando?

    No necesariamente.

    Una recompensa es algo que tú consideras valioso.

    Un reforzador es algo que realmente hace que una conducta aumente o se mantenga.

    Ejemplo:

    sentarse
    → recibe pollo
    → sentarse aumenta.

    Aquí el pollo puede estar funcionando como reforzador.

    Pero si das comida y la conducta no aumenta, no basta con llamarlo refuerzo positivo sólo porque apareció una golosina.

    La investigación con perros también muestra algo importante: distintos perros pueden valorar de forma diferente los reforzadores, y características como la calidad del alimento pueden modificar la respuesta en ciertas condiciones.

    Así que no preguntes solamente:

    “¿Qué premio uso?”

    Pregunta:

    “¿Está funcionando?”


    3. Positivo no significa bueno

    Uno de los errores más frecuentes:

    positivo = bueno.

    En condicionamiento operante, no.

    Aquí:

    positivo = algo aparece.

    negativo = algo desaparece, termina o se evita.

    Nada más.

    No son palabras morales.

    Eso permite entender los cuatro términos clásicos.

    Si la conducta…Se presenta algoSe retira algo
    AumentaRefuerzo positivoRefuerzo negativo
    DisminuyeCastigo positivoCastigo negativo

    No necesitas memorizar primero las siglas.

    Hazte dos preguntas:

    ¿La conducta aumentó o disminuyó?

    Después:

    ¿Algo apareció o desapareció?


    4. Refuerzo positivo no significa “dar comida”

    El alimento es sólo una posibilidad.

    También pueden reforzar:

    • juego;
    • atención;
    • contacto;
    • acceso a una puerta;
    • movimiento;
    • olfatear;
    • interacción social.

    Mira este ejemplo:

    perro espera
    → puerta abre.

    Si esperar aumenta, abrir la puerta puede funcionar como reforzador.

    El “premio” no fue comida.

    Fue acceso.

    Esto importa porque muchas veces buscamos reforzadores dentro de nuestra bolsa cuando el perro ya nos está mostrando qué quiere obtener del ambiente.


    5. Hay premios que no están en tu mano

    Tu perro ve un árbol.

    Tira.

    Avanza.

    Llega.

    Olfatea.

    Secuencia:

    tirar → avanzar → olfatear.

    Si tirar aumenta, avanzar hacia el árbol puede estar reforzando esa conducta.

    El árbol no necesita galletas.

    El acceso al olor ya puede tener valor.

    Por eso:

    el ambiente también entrena.

    Olfatear, avanzar, saludar, entrar por una puerta o subir al coche pueden funcionar como consecuencias valiosas.

    La próxima vez que tu perro tire, observa:

    ¿qué consigue cuando tira?


    6. Refuerzo negativo no significa castigo

    Otro mito común:

    “Refuerzo negativo es regañar.”

    No.

    Recuerda:

    refuerzo
    = la conducta aumenta.

    negativo
    = algo desaparece.

    Ejemplo:

    aparece presión
    → perro realiza una respuesta
    → presión desaparece
    → esa respuesta aumenta.

    Eso puede ser refuerzo negativo.

    Si la conducta termina algo aversivo que ya estaba presente:

    escape.

    Si evita algo aversivo esperado:

    evitación.

    La palabra negativo no dice si el método es bueno o malo.

    Describe qué ocurre con el estímulo.


    7. Castigo tampoco significa automáticamente violencia

    En lenguaje cotidiano, “castigo” puede sonar a golpe, dolor o violencia.

    Técnicamente significa algo más específico:

    una consecuencia hace que la conducta disminuya.

    Ejemplo:

    mordida fuerte durante juego
    → juego termina
    → mordidas fuertes disminuyen.

    La retirada del juego podría funcionar como castigo negativo.

    Pero ojo:

    que algo reduzca una conducta no responde todavía otra pregunta importante:

    ¿qué efectos tiene sobre el bienestar?


    8. Funcionar no significa ser la mejor opción

    Ésta es una distinción importante.

    Una intervención puede reducir una conducta.

    Eso habla de eficacia.

    Pero todavía faltan preguntas sobre:

    • estrés;
    • miedo;
    • dolor;
    • asociaciones emocionales;
    • relación con la persona;
    • efectos secundarios;
    • alternativas disponibles.

    La investigación recogida en el dossier relaciona un mayor uso de métodos aversivos con distintos indicadores de bienestar comprometido, aunque muchos estudios tienen limitaciones metodológicas.

    También existe evidencia que impide usar absolutos. Un estudio de 2024 encontró mayor inhibición de persecución con una condición de collar electrónico en una tarea específica, pero con una muestra limitada y dificultades para generalizar el resultado.

    La conclusión útil:

    “puede cambiar una conducta” ≠ “es necesario, óptimo o preferible”.


    9. El timing puede cambiar lo que estás enseñando

    Tu perro se sienta.

    Después se levanta.

    Después mira hacia ti.

    Entonces das comida.

    ¿Qué conducta recibió realmente la consecuencia?

    Ése es el problema del timing.

    En un pequeño estudio con diez perros, retrasos mayores en las acciones de los propietarios se asociaron con una reducción de respuestas apropiadas y de atención en varias condiciones.

    No significa que exista un número mágico de segundos para todas las situaciones.

    Sí significa algo más sencillo:

    cuanto más clara sea la relación entre conducta y consecuencia, más fácil resulta aprender qué conducta funcionó.


    10. “Lo sabe, pero no quiere hacerlo”

    Tal vez.

    Pero no empieces por ahí.

    Tu perro se sienta perfectamente en casa.

    Sales al parque.

    Dices “sentado”.

    Nada.

    Antes de llamarlo desobediencia, observa el contexto.

    En casa había:

    comida visible.

    Tu mano levantada.

    Pocas distracciones.

    La misma habitación.

    En el parque:

    olores.

    personas.

    perros.

    movimiento.

    Una conducta está bajo control estimular cuando su probabilidad cambia de manera sistemática según los estímulos presentes.

    Tal vez el perro no respondió sólo a la palabra.

    Quizá respondía también al gesto, al lugar o a la presencia de comida.

    Frase para recordar:

    aprender una conducta y generalizarla no son exactamente lo mismo.


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    11. No esperes siempre la conducta perfecta

    Quieres que tu perro entre en un transportín.

    Esperas.

    Nada.

    ¿Qué hacemos?

    Podemos construir la conducta poco a poco.

    Eso es shaping.

    Ejemplo:

    mira el transportín
    → refuerzo.

    Se acerca
    → refuerzo.

    Mete la cabeza
    → refuerzo.

    Una pata
    → refuerzo.

    Dos patas.

    Finalmente entra.

    La clave no es premiar cualquier cosa.

    Es reforzar aproximaciones sucesivas hacia un objetivo.

    Pero subir el criterio demasiado rápido puede reducir las respuestas y producir frustración.

    En vez de preguntar:

    “¿Por qué todavía no lo hace?”

    prueba:

    “¿Cuál es el siguiente paso que sí puede hacer?”


    12. Ignorar no siempre funciona

    Otro consejo habitual:

    “Sólo ignóralo.”

    Puede funcionar.

    Pero sólo bajo determinadas condiciones.

    La extinción ocurre cuando una conducta que antes producía un reforzador deja de producirlo.

    Si ladrar producía atención y ahora deja de producirla, el ladrido puede disminuir.

    Pero:

    • puede persistir;
    • puede variar;
    • puede reaparecer;
    • puede aumentar temporalmente.

    Y si otra consecuencia sigue manteniéndolo, ignorar la atención puede no ser suficiente.

    Además, la extinción no es apropiada para todos los problemas. En conductas peligrosas, agresión o miedo puede ser difícil o riesgosa; el manejo y el refuerzo de alternativas suelen ser importantes.


    13. Antes de corregir, cambia la pregunta

    Tu perro salta.

    En vez de:

    “¿Cómo hago para que deje de saltar?”

    pregunta:

    “¿Qué obtiene cuando salta?”

    Tu perro tira.

    ¿Qué obtiene?

    Ladra.

    ¿Qué obtiene?

    Roba objetos.

    ¿Qué ocurre después?

    Ésta es una de las preguntas más útiles del análisis operante:

    ¿qué consecuencia está manteniendo la conducta?

    No siempre tendrás una respuesta inmediata.

    Pero ya estás mirando en una dirección más útil.


    14. Los cuatro cuadrantes no explican todo

    R+.

    R−.

    P+.

    P−.

    Sirven.

    Pero son sólo un mapa inicial.

    Una conducta real también depende de:

    • antecedentes;
    • contexto;
    • motivación;
    • emoción;
    • historia;
    • reforzadores competidores;
    • programas de reforzamiento;
    • generalización;
    • bienestar.

    Por eso un perro no es una calculadora de premios.

    Y el entrenamiento no es simplemente:

    “haz esto y te doy comida.”

    Es una red de relaciones entre conducta, contexto y consecuencias.


    15. Tres cosas que puedes observar hoy

    No necesitas convertirte en analista de conducta.

    Empieza por esto:

    Antes

    ¿Qué estaba ocurriendo?

    Conducta

    ¿Qué hizo exactamente el perro?

    Después

    ¿Qué consiguió, perdió o evitó?

    Y añade una última pregunta:

    ¿la conducta está aumentando, disminuyendo o manteniéndose?

    Eso ya puede cambiar mucho.

    Porque:

    “es terco”

    no indica qué modificar.

    En cambio:

    “tirar le permite llegar al olor”

    ya muestra una relación que podemos trabajar.


    La idea para recordar

    El condicionamiento operante no dice simplemente:

    “los perros obedecen por premios.”

    Dice algo mucho más amplio:

    los perros ajustan su conducta según las consecuencias que producen sus acciones.

    Algunas consecuencias vienen de nosotros.

    Otras del ambiente.

    Muchas ocurren sin que las notemos.

    Así que la próxima vez que aparezca una conducta que no entiendas, prueba con una pregunta distinta.

    No:

    “¿por qué hace esto?”

    Primero:

    “¿qué está funcionando para él?”

    Porque antes de cambiar una conducta, conviene descubrir qué la está manteniendo.

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  • Tu perro aprende de lo que funciona: cómo las consecuencias cambian su conducta

    Tu perro aprende de lo que funciona: cómo las consecuencias cambian su conducta

    Tu perro ladra frente a la puerta.

    Esperas.

    Vuelve a ladrar.

    Esperas otra vez.

    Finalmente abres.

    Al día siguiente ocurre lo mismo.

    Y después de unas semanas quizá pienses:

    “¿Por qué sigue ladrando si sabe perfectamente que no debería hacerlo?”

    Pero mira la escena otra vez.

    El perro ladró.

    La puerta se abrió.

    Ladró otra vez.

    La puerta volvió a abrirse.

    Entonces quizá la pregunta interesante no sea por qué sigue haciéndolo.

    Quizá sea:

    ¿por qué dejaría de hacerlo si ladrar funciona?

    Ahí empieza el condicionamiento operante.

    No empieza con una tabla de cuatro cuadrantes.

    No empieza con premios ni castigos.

    Empieza con algo mucho más cotidiano:

    un perro hace algo y después ocurre algo.

    Y si aquello que ocurre cambia la probabilidad de que la conducta vuelva a aparecer, el perro está aprendiendo de sus consecuencias. Ésa es la idea central del condicionamiento operante.

    Tu perro está aprendiendo incluso cuando tú no estás “entrenando”

    Solemos imaginar el entrenamiento como un momento especial.

    Sacamos comida.

    Decimos “sentado”.

    Esperamos una respuesta.

    Premiamos.

    Pero para el perro no existe una frontera clara entre “sesión de entrenamiento” y “vida cotidiana”.

    La vida cotidiana también enseña.

    El perro salta cuando llegas y recibe atención.

    Tira de la correa y consigue acercarse a un árbol.

    Roba un calcetín y empieza una persecución.

    Ladra y alguien abre una puerta.

    Se queda tranquilo y recibe una caricia.

    Todas estas situaciones tienen algo en común:

    la conducta cambia algo en el ambiente.

    En análisis de conducta, una contingencia puede representarse de manera sencilla:

    Antecedente → conducta → consecuencia.

    O:

    A → B → C.

    Algo ocurre antes.

    El perro hace algo.

    Algo ocurre después.

    Pero falta todavía la pregunta más importante:

    ¿qué sucede después con esa conducta?

    Porque no toda consecuencia cambia el comportamiento.

    Y eso nos lleva a una de las ideas más importantes de todo este tema.

    Tu intención no determina lo que el perro aprendió

    Imagina esto.

    Tu perro roba un calcetín.

    Tú dices “¡no!”.

    El perro corre.

    Tú lo persigues.

    Finalmente recuperas el calcetín.

    Desde tu perspectiva acabas de corregir una conducta.

    Pero ahora mira la secuencia desde el punto de vista del aprendizaje.

    Perro roba calcetín.

    Humano reacciona.

    Humano persigue.

    Empieza una interacción.

    Si con el tiempo el perro roba más calcetines, ¿podemos seguir diciendo que aquella persecución funcionó como castigo?

    No necesariamente.

    Quizá funcionó como atención.

    Quizá como juego.

    Quizá como una oportunidad de iniciar una persecución que al perro le resulta valiosa.

    El dossier resume este principio de manera especialmente importante:

    una consecuencia se clasifica por su efecto sobre la conducta, no por la intención de la persona.

    Eso significa que no basta con decir:

    “Lo premié.”

    O:

    “Lo castigué.”

    Tenemos que mirar qué ocurrió con la conducta después.

    Aquí necesitamos cuatro palabras

    Ahora sí podemos introducir la famosa terminología.

    Pero primero observa algo.

    En la vida cotidiana utilizamos positivo para decir “bueno” y negativo para decir “malo”.

    En condicionamiento operante no significan eso.

    Positivo significa que algo se presenta.

    Negativo significa que algo se retira, termina o evita.

    Ahora las otras dos palabras.

    Refuerzo significa que la conducta aumenta o se mantiene.

    Castigo significa que la conducta disminuye.

    Al combinar ambas dimensiones obtenemos cuatro posibilidades:

    Se presenta algoSe retira, reduce o evita algo
    La conducta aumentaRefuerzo positivo (R+)Refuerzo negativo (R−)
    La conducta disminuyeCastigo positivo (P+)Castigo negativo (P−)

    La tabla es útil.

    Pero hay que usarla correctamente.

    No te dice por qué un perro hace todo lo que hace.

    Sólo clasifica determinadas relaciones entre conducta y consecuencia.

    Refuerzo positivo: no significa simplemente “dar premios”

    Mira este ejemplo.

    Dices “sentado”.

    El perro se sienta.

    Le das comida.

    Después de varias repeticiones, sentarse ocurre con mayor frecuencia.

    Aquí la comida puede estar funcionando como refuerzo positivo.

    ¿Por qué?

    Porque después de la conducta apareció algo y la conducta aumentó.

    Pero ahora cambiemos una sola cosa.

    Dices “sentado”.

    El perro se sienta.

    Le das una croqueta que apenas le interesa.

    Repites veinte veces.

    La respuesta no mejora.

    ¿Podemos decir automáticamente que utilizaste refuerzo positivo porque entregaste comida?

    No.

    Para llamar reforzador a una consecuencia tenemos que observar su efecto sobre la conducta.

    Por eso recompensa y reforzador no son exactamente lo mismo.

    Una recompensa puede ser algo que nosotros creemos valioso.

    Un reforzador es algo cuya función se demuestra porque fortalece la conducta.

    Y aquí aparece otra sorpresa:

    los mejores reforzadores no siempre están dentro de una bolsa.

    El árbol también puede entrenar a tu perro

    Imagina un paseo.

    Tu perro ve un árbol.

    Tira.

    Tú avanzas.

    Llega al árbol.

    Empieza a olfatear.

    Al día siguiente vuelve a tirar.

    Y después vuelve a hacerlo.

    Mira la secuencia:

    tirar → avanzar → olfatear.

    Si tirar aumenta, avanzar hacia el árbol puede estar reforzando esa conducta.

    Nadie entregó comida.

    Nadie dijo “muy bien”.

    Pero el perro consiguió algo que tenía valor.

    Eso es importante porque el ambiente puede ofrecer reforzadores muy potentes:

    oler, avanzar, jugar, saludar, atravesar una puerta, acceder a un espacio o continuar explorando.

    Así que cuando preguntamos:

    “¿Qué premio estoy usando?”

    quizá estamos haciendo una pregunta demasiado pequeña.

    Una mejor pregunta sería:

    ¿qué consigue mi perro cuando hace esto?

    Refuerzo negativo: probablemente no significa lo que creías

    Éste es uno de los términos que más confusión produce.

    “Refuerzo negativo” no significa regañar.

    Recuerda:

    refuerzo = la conducta aumenta.

    negativo = algo desaparece, disminuye o se evita.

    Por ejemplo:

    aparece presión.

    El perro realiza una respuesta.

    La presión desaparece.

    Con el tiempo esa respuesta aumenta.

    Eso puede ser refuerzo negativo.

    Si la conducta termina algo aversivo que ya estaba presente, hablamos de escape.

    Si permite evitar o retrasar algo aversivo que se esperaba, hablamos de evitación.

    Lo importante aquí es separar dos preguntas:

    ¿qué ocurrió con el estímulo?

    y

    ¿qué ocurrió después con la conducta?

    Cuando hacemos esa separación, la terminología deja de parecer tan extraña.

    Y castigo tampoco significa simplemente violencia

    En lenguaje cotidiano, castigar puede significar regañar, golpear, reprender o imponer alguna consecuencia desagradable.

    En sentido técnico es más sencillo:

    una consecuencia funciona como castigo cuando reduce la probabilidad futura de una conducta.

    Si después de una conducta aparece algo y ésta disminuye, hablamos de castigo positivo.

    Si desaparece algo apetitivo y la conducta disminuye, hablamos de castigo negativo.

    Por ejemplo:

    dos perros juegan.

    Uno muerde demasiado fuerte.

    El juego termina.

    Si con el tiempo esas mordidas disminuyen, la retirada del juego puede funcionar como castigo negativo.

    Pero aquí aparece una pregunta distinta.

    Y es muy importante no confundirlas.

    Una técnica puede modificar una conducta.

    ¿Eso significa que deberíamos utilizarla?

    No necesariamente.

    Eficacia y bienestar son preguntas diferentes

    Supongamos que una intervención aversiva reduce rápidamente una conducta.

    Desde el punto de vista operante podemos preguntar:

    ¿disminuyó la conducta?

    Pero eso no responde todavía a preguntas como:

    ¿produjo miedo?

    ¿generó estrés?

    ¿afectó otras conductas?

    ¿cambió la relación con la persona?

    ¿había alternativas?

    ¿qué ocurrió con el bienestar del perro?

    La literatura incluida en el dossier señala asociaciones entre métodos aversivos y diferentes indicadores de bienestar comprometido. Un estudio con 92 perros encontró que un mayor uso de métodos aversivos se relacionaba con más comportamientos de estrés, cambios de cortisol y un sesgo cognitivo más pesimista, aunque el estudio no utilizó asignación aleatoria.

    Pero la historia tampoco debe convertirse en una afirmación absoluta.

    El dossier recoge un estudio de 2024 donde una condición con collar electrónico produjo mayor inhibición de persecución en una tarea específica que determinadas condiciones no aversivas. Sin embargo, existían limitaciones importantes: muestra final pequeña, tarea concreta, diferencias de protocolo y dificultades para generalizar.

    Así que la conclusión responsable no es:

    “Los castigos nunca funcionan.”

    Tampoco:

    “Si funciona, es un buen método.”

    La distinción más útil es:

    “puede modificar la conducta” y “es necesario, óptimo o preferible” son preguntas diferentes.

    Hay otra cosa que puede cambiar completamente el resultado: el tiempo

    Supongamos que tu perro se sienta.

    Un segundo después se levanta.

    Después mira hacia otro lado.

    Después tú entregas comida.

    ¿Qué conducta estás reforzando exactamente?

    Éste es el problema del timing.

    Cuanto más clara sea la proximidad entre conducta y consecuencia, más fácil resulta para el animal discriminar qué respuesta produjo el resultado.

    En un estudio con diez perros, Yamamoto y colaboradores compararon diferentes retrasos en las acciones de los propietarios. A medida que aumentaban los retrasos, disminuyeron varias respuestas correctas y la atención de los perros. La muestra fue pequeña, así que no conviene exagerar el hallazgo, pero ilustra bien por qué el tiempo importa.

    No basta con reforzar.

    Hay que hacer suficientemente claro qué estamos reforzando.

    “Mi perro sabe sentarse, pero afuera decide no hacerlo”

    Esta frase merece atención.

    Porque quizá el problema no sea que el perro haya olvidado nada.

    Tal vez nunca aprendió exactamente lo que nosotros creíamos.

    Una conducta está bajo control estimular cuando su probabilidad cambia sistemáticamente en presencia de determinados estímulos.

    Imagina que durante semanas enseñaste “sentado” de esta forma:

    dices la palabra.

    Te inclinas.

    Levantas la mano.

    Tienes comida.

    Estás en la cocina.

    Ahora sales al parque.

    Dices la misma palabra.

    Pero estás de pie.

    No hay comida visible.

    Hay perros.

    Hay olores.

    Hay movimiento.

    Y el perro no se sienta.

    ¿Está desobedeciendo?

    Quizá.

    Pero primero tenemos que preguntarnos qué señal controlaba realmente la conducta.

    Podría ser la mano.

    La postura.

    La comida.

    El lugar.

    O una combinación de todo eso.

    El dossier recuerda que una señal adquiere control a través de una historia de señal → oportunidad de responder → consecuencia.

    Y después necesitamos otra cosa:

    generalización.

    Responder en la cocina y responder frente a otro perro no son necesariamente la misma tarea.

    Entonces, ¿cómo construimos una conducta nueva?

    No siempre podemos esperar a que el perro haga perfectamente aquello que queremos.

    A veces tenemos que construirlo.

    Un ejemplo es el shaping.

    Supongamos que queremos que entre voluntariamente en un transportín.

    Podríamos esperar a que entre completo.

    O podemos reforzar pequeños pasos:

    primero mira el transportín.

    Luego se acerca.

    Introduce la cabeza.

    Una pata.

    Dos patas.

    Finalmente entra.

    Eso es reforzar aproximaciones sucesivas hacia una conducta objetivo.

    Pero también hay una trampa.

    Si aumentamos el criterio demasiado rápido, podemos ver caída de respuestas, frustración o abandono.

    Así que enseñar no significa simplemente esperar el comportamiento final.

    También significa saber construir el camino hasta él.

    Ahora volvamos al perro que ladraba frente a la puerta

    Recuerda la escena del principio.

    El perro ladra.

    Esperas.

    Ladra otra vez.

    Abres.

    Si esa secuencia se repite, ladrar puede adquirir una historia de reforzamiento.

    Entonces decides cambiarla.

    Ya no abrirás cuando ladre.

    Ahora aparece otro concepto:

    extinción.

    La extinción ocurre cuando una conducta que anteriormente producía un reforzador deja de producirlo.

    Pero no significa que el comportamiento desaparecerá inmediatamente.

    Puede persistir.

    Puede variar.

    Puede reaparecer.

    Puede aumentar temporalmente.

    Y no siempre es una buena estrategia utilizar extinción de manera aislada. En conductas relacionadas con miedo, agresión o situaciones de alto riesgo puede resultar poco práctica o peligrosa. El dossier señala que con frecuencia conviene combinar manejo y refuerzo de una alternativa.

    En nuestro ejemplo podríamos enseñar otra conducta.

    Esperar.

    Mirar a la persona.

    Permanecer tranquilo.

    Y hacer que esa conducta sea la que abra la puerta.

    Ahora estamos modificando la contingencia.

    Ésta es probablemente la pregunta más útil de todo el artículo

    Cuando tu perro hace algo que no quieres, normalmente preguntas:

    “¿Cómo hago para que deje de hacerlo?”

    El condicionamiento operante propone detenernos un momento antes.

    Y preguntar:

    “¿Qué consecuencia está manteniendo esta conducta?”

    Tu perro salta.

    ¿Qué consigue?

    Tira.

    ¿Qué consigue?

    Ladra.

    ¿Qué consigue?

    Roba objetos.

    ¿Qué ocurre después?

    No siempre encontraremos una explicación simple.

    El comportamiento también depende de emoción, motivación, historia, genética, contexto, salud y muchas otras variables.

    El propio dossier advierte que los cuatro cuadrantes son sólo un mapa inicial. Para explicar conductas reales necesitamos también antecedentes, contexto, motivación, emoción, historia, reforzadores competidores, programas de reforzamiento, generalización y bienestar.

    Pero empezar observando las consecuencias cambia mucho nuestra manera de mirar.

    Lo que tu perro puede estar enseñándote

    Existe una última idea interesante.

    Pensamos que nosotros entrenamos a nuestros perros.

    Y es verdad.

    Pero vivimos dentro del mismo sistema.

    El perro ladra.

    Tú abres.

    El perro vuelve a ladrar.

    También tu conducta ha producido una consecuencia:

    el ladrido terminó.

    Quizá la próxima vez abras antes.

    Dos organismos pueden ir ajustando su comportamiento dentro de la misma interacción.

    No necesitamos convertirlo en una historia de manipulación.

    Sólo reconocer que convivir significa responder continuamente a las acciones del otro.

    Por eso aprender sobre condicionamiento operante no sirve únicamente para enseñar “sentado”, “quieto” o “ven”.

    Sirve para observar la convivencia con más precisión.

    Tres cosas para mirar desde hoy

    Cuando aparezca una conducta que quieras comprender, intenta observar tres momentos.

    Qué ocurrió antes.

    Qué hizo exactamente el perro.

    Qué consiguió o evitó después.

    Y después añade una cuarta pregunta:

    ¿la conducta está aumentando, disminuyendo o manteniéndose?

    Ese pequeño ejercicio puede revelar más que muchas etiquetas.

    Porque decir:

    “es terco”

    no te dice qué cambiar.

    Pero decir:

    “cuando tira consigue avanzar hacia el olor”

    ya empieza a mostrar dónde intervenir.

    Volvamos una última vez al principio

    El perro ladra frente a la puerta.

    ¿Es terco?

    ¿Está desobedeciendo?

    ¿Quiere molestarte?

    Tal vez esas preguntas lleguen demasiado pronto.

    Primero mira la secuencia.

    Ladra.

    ¿Qué ocurre?

    ¿La puerta se abre?

    ¿Recibe atención?

    ¿Alguien se acerca?

    ¿La conducta está aumentando?

    El condicionamiento operante no nos enseña simplemente que los perros hacen cosas a cambio de premios.

    Nos enseña algo mucho más general:

    los perros ajustan su conducta según las consecuencias que sus acciones producen.

    Algunas consecuencias las damos nosotros.

    Otras provienen directamente del ambiente.

    Y muchas ocurren sin que siquiera nos demos cuenta.

    Así que la próxima vez que tu perro haga algo que parezca incomprensible, antes de preguntarte cómo corregirlo, prueba una pregunta distinta:

    ¿qué está funcionando para él?

    Quizá ahí empiece la explicación.

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    Teléfonos captando un prado pintoresco de flores silvestres con árboles

  • Aprender a mirar: condicionamiento operante, práctica y responsabilidad en la vida con un perro

    Convivir con un perro significa vivir dentro de un intercambio continuo de acciones y consecuencias.

    Abrimos una puerta. Esperamos frente a un cruce. Entregamos comida. Permitimos que huela. Retiramos atención. Llamamos su nombre. Tensamos o aflojamos una correa. Respondemos a un ladrido. Algunas de estas acciones son deliberadas; otras apenas las advertimos.

    Sin embargo, todas forman parte del mundo en el que el perro aprende.

    Por eso el condicionamiento operante puede entenderse de dos maneras. La primera es teórica: como un conjunto de procesos mediante los cuales cambia la probabilidad futura de una conducta en función de las consecuencias que la siguen. La segunda es práctica: como una disciplina de observación que obliga a quien vive con un perro a prestar atención a aquello que sus propios actos están enseñando.

    Comprender el condicionamiento operante no consiste, por tanto, en memorizar cuatro términos. Consiste en aprender a mirar de otra manera.

    La situación: convivimos con animales que aprenden de nosotros

    El perro doméstico vive en un ambiente profundamente organizado por seres humanos.

    Los humanos controlamos puertas, comida, correas, juguetes, desplazamientos, espacios, horarios y buena parte de las oportunidades de interacción. La domesticación no creó la capacidad de aprender mediante consecuencias, pero la convivencia con personas multiplicó enormemente las contingencias relacionadas con esos recursos.

    Antes incluso de cualquier entrenamiento formal, un cachorro ya encuentra relaciones entre sus acciones y el mundo.

    Llora y aparece una persona.

    Muerde y el juego continúa.

    Se sienta y una puerta se abre.

    Salta y recibe atención.

    Estas pequeñas relaciones van formando un repertorio.

    Por eso resulta artificial imaginar que entrenamos al perro únicamente durante una sesión de diez minutos.

    La vida cotidiana entrena.

    Cada paseo, cada llegada a casa, cada comida y cada interacción forman parte de una historia.

    El problema aparece cuando el humano presta atención sólo a la conducta presente y olvida la historia que la ha formado.

    Vemos al perro saltar hoy, pero no recordamos las cien veces anteriores en las que saltar produjo contacto.

    Vemos que ladra frente a una puerta, pero olvidamos cuántas veces la puerta se abrió después.

    Vemos que tira de la correa, pero quizá no advertimos que tirar le ha permitido llegar durante meses a aquello que quería oler.

    El conocimiento del aprendizaje operante comienza, entonces, con una transformación sencilla: dejar de mirar únicamente lo que hace el perro para empezar a mirar la relación entre lo que hace y lo que ocurre después.

    La enseñanza: la conducta cambia por sus consecuencias

    El principio fundamental puede formularse con claridad.

    Una conducta que produce consecuencias que la fortalecen tenderá a aparecer con mayor frecuencia en condiciones similares. Una conducta seguida de consecuencias que la debilitan tenderá a disminuir.

    Históricamente, Edward Thorndike contribuyó a este modo de pensar mediante sus estudios sobre ensayo y error y la llamada ley del efecto. Más tarde, B. F. Skinner desarrolló un análisis experimental sistemático de la conducta operante y de las contingencias que modifican la frecuencia de las respuestas.

    La enseñanza central, sin embargo, puede expresarse sin aparato técnico excesivo:

    una acción cambia algo en el ambiente y ese cambio puede modificar la probabilidad de que la acción vuelva a ocurrir.

    Podemos representarlo así:

    Antecedente → conducta → consecuencia.

    El antecedente establece condiciones.

    La conducta ocurre.

    La consecuencia sigue.

    Pero el verdadero análisis comienza después:

    ¿qué sucede con esa conducta en el futuro?

    Esta pregunta convierte una teoría sobre aprendizaje en una práctica de atención.

    Ya no basta con decir:

    “Le di un premio.”

    Hay que observar si aquello fortaleció la conducta.

    Ya no basta con decir:

    “Lo corregí.”

    Hay que comprobar si la conducta disminuyó.

    El humano debe abandonar por un momento el privilegio de sus intenciones y observar los efectos reales de sus acciones.

    La primera práctica: aprender a distinguir

    Toda disciplina exige distinguir cosas que a primera vista parecen iguales.

    En condicionamiento operante, cuatro palabras deben separarse cuidadosamente:

    refuerzo, castigo, positivo y negativo.

    El lenguaje cotidiano nos confunde.

    Solemos utilizar positivo como bueno y negativo como malo.

    Aquí no significan eso.

    Positivo significa que algo se presenta.

    Negativo significa que algo se retira, termina o evita.

    Del mismo modo:

    refuerzo significa que una conducta aumenta o se mantiene;

    castigo significa que una conducta disminuye.

    Las cuatro relaciones tradicionales aparecen al combinar ambas dimensiones:

    Se presenta algoSe retira, reduce o evita algo
    La conducta aumentaRefuerzo positivoRefuerzo negativo
    La conducta disminuyeCastigo positivoCastigo negativo

    Pero la utilidad de esta tabla no está en memorizar cuatro etiquetas.

    Está en aprender una manera disciplinada de preguntar.

    Primero:

    ¿la conducta aumentó o disminuyó?

    Después:

    ¿algo apareció o desapareció?

    Esta secuencia obliga a suspender nuestras interpretaciones rápidas.

    El ejercicio consiste en mirar antes de juzgar.

    Recompensa y reforzador: pasar de la intención a la función

    Hay una distinción todavía más importante.

    Una recompensa no es necesariamente un reforzador.

    Nosotros podemos decidir que un trozo de comida es una recompensa.

    Pero sólo la conducta posterior mostrará si ese alimento está funcionando realmente como reforzador.

    El refuerzo se define por su efecto, no por la intención de quien entrega la consecuencia.

    Esta idea requiere cierta humildad.

    El humano deja de asumir que conoce de antemano el valor de las cosas para el perro.

    Un alimento puede tener mucho valor en casa y poco en la calle.

    El juego puede ser más importante que la comida.

    Una oportunidad de olfatear puede competir con cualquier golosina.

    El contacto social puede ser reforzante para un perro y poco relevante para otro.

    La investigación incluida en el dossier muestra que las preferencias individuales pueden relacionarse con la eficacia reforzante y que la calidad de la recompensa alimentaria puede influir en el vigor de la respuesta en determinadas condiciones.

    Así, la práctica cambia.

    La pregunta ya no es:

    “¿Qué premio quiero utilizar?”

    sino:

    “¿Qué tiene valor para este perro, en este momento y en este contexto?”

    Observar de esta manera transforma la relación porque sustituye una pedagogía centrada exclusivamente en el humano por otra que intenta comprender la experiencia concreta del animal.

    El ambiente como maestro

    Una de las transformaciones más importantes consiste en descubrir que el reforzamiento no procede únicamente de nuestra mano.

    El ambiente también enseña.

    Un perro ve un árbol.

    Tira de la correa.

    Avanza.

    Llega al árbol.

    Olfatea.

    Si tirar aumenta, el acceso al árbol puede estar reforzando esa conducta.

    Nadie entregó una galleta.

    Sin embargo, hubo una consecuencia valiosa.

    Lo mismo puede ocurrir con:

    • avanzar;
    • olfatear;
    • saludar;
    • atravesar una puerta;
    • subir al automóvil;
    • continuar jugando.

    Esta constatación modifica profundamente la práctica del entrenamiento.

    Quien aprende a verla deja de considerar el ambiente únicamente como un conjunto de distracciones.

    Empieza a verlo también como un conjunto de oportunidades.

    Una conducta deseada puede abrir una puerta.

    Puede permitir avanzar.

    Puede permitir explorar.

    Puede devolver al perro al juego.

    El entrenamiento empieza entonces a integrarse en la vida ordinaria.

    No se añade artificialmente a ella.

    La disciplina del tiempo

    El aprendizaje exige también precisión temporal.

    Una consecuencia entregada demasiado tarde puede relacionarse con una respuesta diferente de aquella que el humano pretendía fortalecer.

    En un pequeño estudio con diez perros, Yamamoto y colaboradores observaron que retrasos mayores en determinadas acciones del propietario se relacionaban con una reducción de respuestas apropiadas y de atención. La muestra obliga a prudencia, pero el trabajo ilustra un principio general: la proximidad temporal facilita la claridad de la contingencia.

    El timing puede parecer al principio una cuestión técnica.

    Pero también es una disciplina del cuidador.

    Obliga a prestar atención.

    A observar el momento exacto.

    A reconocer pequeñas respuestas.

    A dejar de reaccionar cuando ya es demasiado tarde.

    Una persona que desarrolla buen timing no sólo aprende a entregar mejor un reforzador. Aprende a mirar con mayor precisión.

    Construir en vez de exigir

    Existe otra diferencia entre conocer una teoría y transformarla en práctica.

    Podemos esperar que el perro realice una conducta completa.

    O podemos construirla progresivamente.

    El shaping consiste en reforzar aproximaciones sucesivas hacia una conducta objetivo.

    Para enseñar a entrar en un transportín, por ejemplo, pueden reforzarse sucesivamente mirar, acercarse, introducir la cabeza, colocar una pata, dos y finalmente entrar completamente.

    El ejercicio exige paciencia.

    Hay que observar el repertorio actual.

    Elegir un criterio alcanzable.

    Reconocer el progreso.

    Elevar gradualmente la exigencia.

    Si el criterio aumenta demasiado deprisa, pueden aparecer caída de respuestas, frustración o abandono.

    Aquí el condicionamiento operante deja una enseñanza que supera la mera técnica.

    En lugar de exigir inmediatamente la forma final, aprendemos a trabajar con aquello que ya existe.

    El progreso se construye a partir de aproximaciones.

    Esta lógica también aparece en capturing, luring, targeting y refuerzo diferencial: diferentes procedimientos, pero una misma necesidad de observar qué puede hacer ahora el perro y cómo organizar las consecuencias para favorecer el siguiente paso.

    Aprender a enseñar alternativas

    Una práctica centrada únicamente en detener conductas termina pensando constantemente en prohibiciones.

    No ladres.

    No saltes.

    No tires.

    No muerdas.

    Pero suprimir una conducta no indica todavía qué debería hacer el perro.

    El refuerzo diferencial cambia la pregunta.

    Si salta para conseguir atención, podemos reforzar cuatro patas en el suelo.

    Si tira para avanzar, podemos hacer que avanzar ocurra cuando la correa esté floja.

    Si queremos más calma, podemos capturar y reforzar momentos de descanso.

    Pero esto sólo funcionará correctamente si observamos también las consecuencias que siguen manteniendo la conducta problemática. El propio dossier advierte que reforzar una alternativa puede fracasar si el comportamiento no deseado continúa produciendo reforzadores potentes.

    La transformación consiste entonces en dejar de pensar exclusivamente:

    “¿Cómo elimino esto?”

    y empezar a preguntar:

    “¿Qué comportamiento quiero cultivar?”

    El ejercicio de observar antes de interpretar

    La vida con perros está llena de interpretaciones.

    “Es terco.”

    “Quiere dominar.”

    “Lo hace para molestar.”

    “Sabe que está mal.”

    Estas frases pueden surgir espontáneamente porque los seres humanos somos animales interpretativos.

    Pero el análisis funcional propone un ejercicio diferente.

    Antes de interpretar, describir.

    ¿Qué ocurrió antes?

    ¿Qué hizo exactamente el perro?

    ¿Qué ocurrió después?

    ¿Con qué frecuencia?

    ¿En qué contexto?

    ¿Aumentó?

    ¿Disminuyó?

    El dossier recomienda observar variables como frecuencia, duración, latencia, tasa, contexto, consecuencia y cambios posteriores a una intervención.

    Esta forma de observación tiene una consecuencia ética.

    Reduce el impulso de atribuir inmediatamente defectos de carácter cuando todavía no hemos comprendido el aprendizaje.

    Una conducta persistente puede tener una historia de reforzamiento.

    Un fallo de respuesta puede reflejar problemas de generalización.

    Una caída de rendimiento puede relacionarse con motivación, dolor, contexto o cambios sensoriales.

    Comprender no significa justificar cualquier comportamiento.

    Significa intervenir sobre algo que hemos intentado entender primero.

    Señales: enseñar no es pronunciar palabras

    También cambia nuestra manera de comprender una señal.

    Decimos:

    “Mi perro conoce la orden.”

    Pero una conducta sólo está bajo control estimular cuando su probabilidad cambia sistemáticamente en presencia de determinados antecedentes.

    La palabra no posee una fuerza mágica.

    Ha adquirido significado mediante una historia:

    señal → oportunidad de respuesta → consecuencia.

    Además, el perro puede estar respondiendo a cosas que nosotros no advertimos.

    Una inclinación del torso.

    Un gesto de la mano.

    La presencia de comida.

    La habitación habitual.

    Por eso la generalización requiere práctica.

    Responder en una cocina tranquila y responder en una calle llena de estímulos son situaciones diferentes.

    El cuidador que comprende esto deja de interpretar automáticamente la ausencia de respuesta como desafío.

    Primero pregunta si realmente enseñó la conducta bajo esas condiciones.

    Esta pregunta transforma la exigencia en responsabilidad pedagógica.

    Extinción y la dificultad de dejar de responder

    La extinción ocurre cuando una conducta anteriormente reforzada deja de producir el reforzador que la mantenía.

    En apariencia parece sencilla.

    Si el ladrido obtiene atención, dejamos de entregar atención.

    Pero la práctica es más exigente.

    Puede aparecer persistencia, frustración, variabilidad o recuperación. Un incremento temporal de intensidad o frecuencia puede aparecer en algunos casos, aunque no debe considerarse inevitable.

    Además, ignorar una conducta sólo tiene sentido si la atención era realmente la consecuencia relevante.

    Y no todas las conductas deberían abordarse mediante extinción. En problemas relacionados con miedo, agresión o riesgo, puede ser difícil o peligroso. El dossier señala que el manejo y el refuerzo de alternativas suelen ser estrategias importantes.

    La práctica requiere entonces otra forma de disciplina: consistencia sin rigidez.

    Hay que comprender qué consecuencia mantiene la conducta y decidir si modificarla es seguro, razonable y compatible con el bienestar.

    La cuestión del castigo: eficacia y forma de vida

    Aquí llegamos a una cuestión decisiva.

    Una consecuencia puede reducir una conducta.

    En sentido técnico, eso puede constituir castigo.

    Pero saber que una intervención reduce una conducta no determina todavía si deberíamos utilizarla.

    Ésta es la diferencia entre describir una contingencia y evaluar una práctica.

    Los procedimientos aversivos pueden tener consecuencias sobre estrés, miedo, asociaciones emocionales, relación con el humano y bienestar. El dossier recoge literatura que vincula un mayor uso de métodos aversivos con diversos indicadores de bienestar comprometido.

    Al mismo tiempo, la investigación no permite sostener honestamente que los procedimientos aversivos jamás puedan modificar una conducta. El estudio de Johnson y Wynne de 2024 incluido en el dossier encontró mayor inhibición en una tarea específica bajo una condición con collar electrónico, aunque con limitaciones importantes y sin que ese resultado establezca superioridad general ni resuelva las cuestiones de bienestar.

    La verdadera pregunta se vuelve entonces más amplia.

    No sólo:

    “¿funciona?”

    sino:

    “¿qué tipo de relación construye esta práctica y qué costos produce?”

    Ésta es una cuestión ética porque entrenar no consiste simplemente en conseguir respuestas.

    Implica decidir qué medios consideramos aceptables al formar la conducta de un animal que depende en gran medida de nosotros.

    La transformación: del control a la comprensión

    El condicionamiento operante suele presentarse como una tecnología del comportamiento.

    Y ciertamente puede utilizarse para modificar conductas.

    Pero aplicado con seriedad produce también una transformación en quien lo aprende.

    La persona empieza preguntando:

    “¿Cómo hago para que deje de hacer esto?”

    Y termina preguntando:

    “¿Qué consecuencia mantiene esta conducta?”

    Empieza diciendo:

    “Mi perro no quiere obedecer.”

    Y después se pregunta:

    “¿La respuesta se generalizó a este contexto?”

    Empieza diciendo:

    “Este premio debería gustarle.”

    Y aprende a observar:

    “¿Está funcionando como reforzador aquí?”

    Empieza afirmando:

    “Lo castigué.”

    Y termina comprobando:

    “¿La conducta disminuyó y qué otros efectos produjo mi intervención?”

    Esta transformación no hace que desaparezcan los problemas.

    Cambia la manera de acercarnos a ellos.

    Del juicio rápido a la observación.

    De la intención al efecto.

    De la etiqueta a la contingencia.

    De la exigencia inmediata a la construcción progresiva.

    Del deseo de control a una práctica más precisa de enseñanza.

    La consecuencia ética: reconocer nuestra participación

    La ciencia del aprendizaje no implica que toda conducta problemática sea culpa del humano.

    El perro aporta biología, genética, desarrollo, emoción, historia y predisposiciones. No es una superficie vacía sobre la que escribimos cualquier conducta que deseemos. El refuerzo actúa dentro de un repertorio biológicamente posible.

    Pero reconocer esto tampoco nos libera de responsabilidad.

    Los humanos organizamos una gran parte del ambiente del perro.

    Decidimos cuándo sale.

    A qué accede.

    Qué consecuencias siguen a muchas de sus acciones.

    Qué respuestas reforzamos.

    Qué señales creamos.

    Qué comportamientos permitimos practicar.

    Qué situaciones prevenimos.

    Ser responsable no significa creer que controlamos todo.

    Significa reconocer qué parte de la situación depende de nuestras decisiones.

    En ese sentido, aprender condicionamiento operante es también aprender a examinar nuestra propia conducta.

    El perro está aprendiendo.

    Pero nosotros también debemos hacerlo.

    Una práctica cotidiana de observación

    El conocimiento sólo se vuelve verdaderamente útil cuando se convierte en ejercicio.

    Podemos practicar de manera sencilla.

    Cuando aparezca una conducta que queremos comprender, detener por un momento la interpretación y registrar:

    1. Antecedente
    ¿Qué estaba ocurriendo inmediatamente antes?

    2. Conducta
    ¿Qué hizo realmente el perro, descrito de manera observable?

    3. Consecuencia
    ¿Qué cambió justo después?

    4. Historia
    ¿Esta secuencia ha ocurrido otras veces?

    5. Cambio futuro
    ¿La conducta está aumentando, disminuyendo o manteniéndose?

    6. Contexto
    ¿Ocurre igual en otros lugares y situaciones?

    7. Valor
    ¿Qué parece obtener o evitar el perro?

    8. Bienestar
    ¿Qué efectos emocionales o físicos acompañan la intervención?

    Este ejercicio no resuelve todos los problemas conductuales.

    Pero transforma nuestra forma de observarlos.

    Y, en ocasiones, esa transformación es precisamente lo que permite empezar a resolverlos.

    Reflexión final: aprender a convivir también es aprender a ver

    Los cuatro cuadrantes del condicionamiento operante son útiles.

    Pero no son todavía una forma completa de comprender al perro.

    El propio dossier insiste en que una conducta real requiere considerar antecedentes, motivación, emoción, contexto, historia, reforzadores competidores, programas de reforzamiento, generalización y bienestar.

    La tabla clasifica consecuencias.

    La práctica enseña a observar vidas.

    Y quizá ahí se encuentra la enseñanza más importante.

    El condicionamiento operante no debería convertirnos en personas obsesionadas con controlar cada movimiento del perro.

    Debería hacernos más atentos.

    Más precisos al observar.

    Más conscientes de las consecuencias que producimos.

    Más pacientes al construir conductas.

    Más prudentes al intervenir.

    Y más capaces de reconocer que, cada vez que convivimos con un animal que aprende, también nosotros estamos participando en aquello que llegará a ser posible para él.

    No entrenamos simplemente con premios o castigos.

    Organizamos contingencias: qué conducta produce qué consecuencia, cuándo ocurre, qué valor tiene y bajo qué condiciones.

    Pero comprender esto plantea una cuestión que va más allá de la técnica:

    ¿qué clase de cuidador empezamos a ser cuando dejamos de preguntar solamente cómo controlar la conducta del perro y aprendemos, primero, a observar con atención el mundo que estamos construyendo alrededor de él?

  • ¿Tu perro desobedece o está haciendo exactamente lo que ha aprendido?

    ¿Tu perro hace algo porque quiere desobedecerte o porque esa conducta le ha funcionado antes?

    La pregunta parece sencilla. Pero si la tomamos en serio, cambia bastante nuestra manera de entender el entrenamiento.

    Supongamos que un perro ladra frente a una puerta. El humano intenta ignorarlo. El perro vuelve a ladrar. Finalmente alguien abre.

    Al día siguiente ocurre otra vez.

    Después de varias semanas, la familia concluye que el perro es insistente.

    Pero ahora detente un momento.

    Desde el punto de vista del perro, ¿qué ocurrió?

    Ladró.

    La puerta se abrió.

    Volvió a ladrar.

    La puerta volvió a abrirse.

    Si la conducta continúa o aumenta, quizá el fenómeno que debemos explicar no sea la terquedad del perro. Tal vez tengamos delante algo mucho más sencillo: una conducta que produce una consecuencia y que, por ello, aumenta su probabilidad de repetirse.

    Eso es precisamente lo que estudia el condicionamiento operante.

    Pero si aceptamos esta idea, aparece inmediatamente un problema.

    Muchas de las explicaciones que solemos dar sobre nuestros perros quizá estén mirando en la dirección equivocada.

    Lo que normalmente suponemos

    Cuando convivimos con un perro, tendemos a pensar en su comportamiento utilizando palabras intencionales.

    “Quiere portarse mal.”

    “Sabe perfectamente lo que tiene que hacer.”

    “Está desobedeciendo.”

    “Me está retando.”

    “No entiende que eso no se hace.”

    Estas expresiones pueden resultar naturales. No significa que sean siempre absurdas. El problema es otro: no nos dicen necesariamente qué variables están manteniendo la conducta.

    Supongamos que un perro salta cuando llegas a casa.

    Tú piensas:

    “Tengo que enseñarle que saltar está mal.”

    Así que le hablas, lo empujas suavemente, dices “abajo”, quizá lo miras directamente y finalmente consigues que vuelva al suelo.

    Desde tu perspectiva, has corregido.

    Pero falta una pregunta.

    ¿Qué obtuvo el perro al saltar?

    Tal vez contacto.

    Tal vez atención.

    Tal vez voz.

    Tal vez interacción.

    Y si después de muchas llegadas el salto aumenta, entonces tenemos un dato bastante incómodo: parte de nuestra respuesta puede estar contribuyendo a mantener precisamente la conducta que intentábamos eliminar.

    En un análisis operante, una consecuencia se clasifica por el efecto que tiene sobre la conducta futura, no por la intención de la persona que la aplica.

    Ésa es una diferencia fundamental.

    Nosotros conocemos nuestras intenciones.

    El perro experimenta consecuencias.

    Y ambas cosas pueden no coincidir.

    La dificultad: una consecuencia no significa lo que creemos que significa

    Pensemos en algo aparentemente obvio.

    Le das un trozo de comida a tu perro después de que se sienta.

    ¿Lo has reforzado?

    La respuesta habitual es sí.

    Pero técnicamente todavía no lo sabemos.

    Dar comida no constituye por sí mismo refuerzo positivo.

    Para que podamos hablar de refuerzo, la conducta debe aumentar, mantenerse o mostrar un cambio sistemático relacionado con esa consecuencia.

    Por tanto:

    comida ≠ reforzador por definición.

    Del mismo modo:

    gritar ≠ castigo por definición.

    Si gritas cuando el perro roba un calcetín pero el robo continúa aumentando porque el grito inicia una persecución divertida, llamar “castigo” al grito puede describir nuestra intención, pero no su función.

    El dossier presenta precisamente este tipo de situación: una reprimenda sólo puede clasificarse funcionalmente como castigo si la conducta disminuye; si la interacción hace que el comportamiento aumente, la misma consecuencia puede estar cumpliendo otra función.

    Ahora el problema se vuelve más interesante.

    Si las consecuencias no se clasifican por su apariencia sino por sus efectos, entonces no podemos analizar el entrenamiento simplemente observando lo que hace el humano.

    Tenemos que observar también lo que ocurre después con el perro.

    El argumento puede formularse de manera sencilla

    El razonamiento central del condicionamiento operante puede ponerse así:

    1. Los perros producen conductas.
    2. Esas conductas cambian cosas en el ambiente.
    3. Algunas de esas consecuencias afectan la probabilidad de que la conducta vuelva a aparecer.
    4. Por tanto, para comprender por qué una conducta aumenta, disminuye o persiste debemos estudiar la relación entre conducta y consecuencia.

    Eso es una contingencia.

    Podemos representarla de manera simple:

    Antecedente → conducta → consecuencia

    o:

    A → B → C.

    Pero aquí también debemos tener cuidado.

    El esquema no dice que toda consecuencia produzca aprendizaje.

    Tampoco dice que una sola observación demuestre causalidad.

    Dice que debemos estudiar si existe una relación funcional entre lo que el perro hace y lo que sucede después.

    La pregunta central se vuelve entonces:

    ¿Qué cambia en el ambiente cuando aparece esta conducta, y qué ocurre después con la probabilidad de que vuelva a aparecer?

    Ésa es una pregunta mucho más precisa que “¿por qué mi perro se porta así?”.

    Antes de continuar necesitamos aclarar cuatro palabras

    Aquí encontramos una fuente enorme de confusión.

    Las palabras son:

    • positivo;
    • negativo;
    • refuerzo;
    • castigo.

    En conversación cotidiana solemos pensar:

    positivo = bueno

    y

    negativo = malo.

    Pero en condicionamiento operante no significan eso.

    Positivo significa que algo se presenta.

    Negativo significa que algo se retira, termina o evita.

    Ahora las otras dos palabras.

    Refuerzo significa que la conducta aumenta o se mantiene.

    Castigo significa que la conducta disminuye.

    Si combinamos ambas dimensiones obtenemos cuatro posibilidades.

    Se presenta algoSe retira, reduce o evita algo
    La conducta aumentaRefuerzo positivo (R+)Refuerzo negativo (R−)
    La conducta disminuyeCastigo positivo (P+)Castigo negativo (P−)

    Ésta es la famosa tabla.

    Y es útil.

    Pero también puede convertirse en una trampa si creemos que con memorizarla ya comprendemos el comportamiento.

    Refuerzo positivo: ¿qué hace realmente que una conducta aumente?

    Supongamos que pedimos al perro que se siente.

    Se sienta.

    Le damos comida.

    Con el tiempo se sienta con mayor frecuencia bajo esas condiciones.

    Ahora sí tenemos un caso compatible con refuerzo positivo:

    conducta → aparece una consecuencia → la conducta aumenta.

    Pero nada obliga a que el reforzador sea comida.

    Puede ser juego.

    Contacto social.

    Acceso a una puerta.

    Permiso para olfatear.

    Continuar caminando.

    Acercarse a otro perro.

    Perseguir algo permitido.

    Esto plantea otra cuestión.

    ¿Qué convierte algo en reforzador?

    No que nosotros pensemos que es valioso.

    No que el envase diga “premio para perros”.

    No que el entrenador lo considere agradable.

    Su función.

    La investigación citada en el dossier muestra que las preferencias individuales pueden predecir parcialmente qué estímulos mantendrán mejor una respuesta, y que la calidad de una recompensa alimentaria puede afectar el vigor del comportamiento en determinadas condiciones.

    De aquí se sigue una conclusión importante:

    un reforzador no es simplemente una cosa; es una cosa funcionando dentro de una relación.

    Ese mismo trozo de alimento puede tener mucho valor dentro de casa y casi ninguno frente a un árbol lleno de olores.

    Refuerzo negativo: el nombre que más confusión produce

    Ahora pensemos en el refuerzo negativo.

    Muchas personas escuchan el término y concluyen:

    “Eso debe significar regañar.”

    Pero no.

    Refuerzo negativo significa que una conducta aumenta porque hace que algo aversivo termine, disminuya o se evite.

    La estructura es:

    aparece o amenaza una condición aversiva → el perro realiza una respuesta → la condición disminuye o desaparece → la respuesta aumenta.

    Si la conducta termina algo que ya estaba ocurriendo, hablamos de escape.

    Si evita o retrasa algo aversivo esperado, hablamos de evitación.

    En ambos casos la conducta puede fortalecerse mediante refuerzo negativo.

    Por tanto, lo negativo no indica que la conducta disminuya.

    Ésa es precisamente la razón por la que resulta tan fácil confundirse.

    Negativo describe lo que ocurre con el estímulo.

    Refuerzo describe lo que ocurre con la conducta.

    Una vez separadas ambas dimensiones, el término deja de parecer contradictorio.

    ¿Y el castigo?

    Aquí necesitamos hacer otra separación.

    En conversación cotidiana, castigar suele implicar culpa, corrección moral o incluso violencia.

    Pero el término técnico es más estrecho.

    Castigo significa:

    una consecuencia hace que una conducta disminuya.

    Si después de una conducta se presenta algo y la conducta disminuye, hablamos de castigo positivo.

    Si se retira algo apetitivo y la conducta disminuye, hablamos de castigo negativo.

    Por ejemplo, si durante un juego una mordida demasiado fuerte hace que la interacción termine y con el tiempo esas mordidas disminuyen, la retirada del juego puede funcionar como castigo negativo.

    Pero ahora aparece una objeción importante.

    Si llamamos técnicamente “castigo” a cualquier consecuencia que disminuya una conducta, ¿no estamos eliminando la diferencia entre una intervención relativamente inocua y otra potencialmente dañina?

    Sí.

    Y precisamente por eso el cuadrante no puede resolver todas las preguntas importantes.

    La objeción: si algo funciona, ¿por qué no usarlo?

    Supongamos que una consecuencia aversiva reduce una conducta de manera rápida.

    Alguien podría decir:

    “Entonces funciona. ¿Qué más necesitamos saber?”

    Mucho más.

    La eficacia operante responde a una pregunta:

    ¿disminuyó la conducta?

    Pero el bienestar plantea otras:

    • ¿produjo miedo?
    • ¿produjo dolor?
    • ¿generó estrés?
    • ¿qué asociaciones emocionales se formaron?
    • ¿se generalizaron esas respuestas?
    • ¿afectó la relación con la persona?
    • ¿existían alternativas menos aversivas?
    • ¿qué ocurrió fuera del contexto de entrenamiento?

    El dossier distingue explícitamente entre eficacia operante y bienestar. Una contingencia puede cambiar una conducta y al mismo tiempo plantear problemas importantes de bienestar.

    La literatura revisada en el documento muestra asociaciones entre métodos aversivos y diversos indicadores de bienestar comprometido. En un estudio con 92 perros, un mayor uso de métodos aversivos se relacionó con más comportamientos de estrés, cambios en cortisol y un sesgo cognitivo más pesimista, aunque el diseño no fue aleatorizado.

    Revisiones incluidas en el dossier apuntan igualmente a riesgos de bienestar y no encuentran evidencia de una superioridad general del castigo positivo frente a métodos basados en refuerzo.

    Pero aquí debemos evitar una respuesta demasiado cómoda.

    Una segunda objeción: entonces, ¿los métodos aversivos nunca funcionan?

    Eso tampoco se sigue de la evidencia presentada.

    El dossier incluye un estudio de Johnson y Wynne de 2024 en el que una condición con collar electrónico produjo mayor inhibición de persecución en una tarea específica que determinadas condiciones no aversivas.

    Pero el mismo dossier señala varias limitaciones:

    • muestra final pequeña;
    • tarea específica;
    • diferencias entre protocolos;
    • dificultades para generalizar.

    Por tanto, sería incorrecto convertir ese resultado en la afirmación:

    “Los collares electrónicos son superiores.”

    Pero también sería incorrecto decir:

    “Los procedimientos aversivos nunca pueden modificar una conducta.”

    La distinción responsable es otra:

    que una técnica pueda modificar una conducta no demuestra que sea necesaria, óptima o preferible desde la perspectiva del bienestar.

    Ésta es una diferencia que vale la pena mantener porque impide que la discusión se convierta simplemente en una pelea entre etiquetas.

    Primero describimos qué ocurrió.

    Después evaluamos si deberíamos hacerlo.

    Son preguntas distintas.

    Pero todavía falta algo: las consecuencias no viven aisladas

    Imagina que enseñamos una llamada.

    Decimos “ven”.

    El perro regresa.

    Le ponemos la correa y termina la diversión.

    Repetimos esta secuencia muchas veces.

    Ahora la persona dice:

    “Mi perro conoce perfectamente la palabra, pero decidió no obedecer.”

    ¿Seguro?

    Quizá la palabra sí tenga una historia de aprendizaje.

    Pero también la tiene la consecuencia de responder.

    Si venir suele significar que termina todo lo interesante, esa consecuencia puede competir con otras mucho más valiosas.

    El dossier propone una alternativa sencilla: hacer que llegar pueda producir un reforzador y, algunas veces, permitir que el perro vuelva a jugar.

    Este ejemplo muestra por qué un análisis basado únicamente en “la orden” resulta incompleto.

    La conducta depende de:

    • antecedentes;
    • historia;
    • motivación;
    • contexto;
    • consecuencias;
    • competencia entre reforzadores.

    La palabra que pronunciamos es sólo una parte del sistema.

    ¿El perro realmente conoce la señal?

    Tomemos el clásico “sentado”.

    El perro responde perfectamente en la cocina.

    Después vamos al parque.

    Decimos “sentado”.

    Nada.

    ¿Ha decidido ignorarnos?

    Antes de responder conviene preguntar qué controla realmente la conducta.

    Una conducta está bajo control estimular cuando su probabilidad cambia sistemáticamente según determinados antecedentes.

    Quizá creemos que la palabra “sentado” controla la respuesta.

    Pero durante todos los entrenamientos hemos hecho además tres cosas:

    • inclinarnos;
    • mover una mano;
    • mostrar comida.

    Tal vez el perro estaba respondiendo al gesto y no a la palabra.

    O quizá respondía a una combinación de señales.

    O al contexto de la cocina.

    Por eso una señal no adquiere poder simplemente porque decidamos llamarla “orden”.

    Existe una historia:

    señal → oportunidad de respuesta → consecuencia.

    Y todavía debemos enseñar otra cosa: generalización.

    Responder en una habitación tranquila no equivale a responder frente a otro perro, coches, olores, personas y movimiento.

    La ausencia de respuesta no demuestra por sí sola desobediencia.

    Puede demostrar que nuestra enseñanza todavía no llegó hasta allí.

    Ahora considera el tiempo

    Supongamos que el perro ofrece exactamente la conducta que queríamos.

    Pero tardamos varios segundos en marcarla o reforzarla.

    ¿Qué estamos reforzando exactamente?

    La respuesta original.

    ¿O lo que hizo inmediatamente después?

    El timing importa porque cuanto más se separan conducta y consecuencia, menos clara puede resultar la relación.

    El dossier cita un estudio de Yamamoto y colaboradores realizado con diez perros. Al aumentar retrasos entre determinadas respuestas y las acciones de los propietarios, disminuyeron respuestas apropiadas y atención en varias condiciones. La muestra es pequeña, así que conviene evitar una conclusión excesiva, pero el resultado es coherente con la importancia general de la proximidad temporal.

    Así que tampoco basta con preguntar:

    “¿Reforcé?”

    Necesitamos preguntar:

    “¿Qué conducta estaba ocurriendo cuando llegó la consecuencia?”

    ¿Cómo enseñamos algo que todavía no existe?

    Aquí aparece otra dificultad.

    ¿Qué hacemos cuando el perro todavía no realiza la conducta completa?

    Una respuesta sería esperar.

    Otra es construirla.

    El shaping consiste en reforzar diferencialmente aproximaciones sucesivas hacia la conducta final.

    Queremos que el perro entre en un transportín.

    Primero reforzamos mirar.

    Después acercarse.

    Después introducir la cabeza.

    Después una pata.

    Dos.

    Entrar completamente.

    Esto revela algo interesante sobre el aprendizaje.

    No siempre necesitamos esperar el comportamiento perfecto.

    Podemos seleccionar pequeños cambios.

    Pero también podemos equivocarnos.

    Si elevamos el criterio demasiado rápido, la tasa de respuesta puede caer, aparecer frustración o el perro puede abandonar la tarea.

    Por tanto, hasta una técnica basada en refuerzo exige juicio.

    No se trata simplemente de repartir comida.

    Hay que decidir qué aproximación reforzar y cuándo pedir algo más.

    El ambiente también vota

    Pensemos ahora en un perro que tira de la correa.

    Normalmente culpamos a una de dos partes.

    Al perro:

    “Es muy impulsivo.”

    O al humano:

    “No sabe manejarlo.”

    Pero hay una tercera parte en la conversación: el ambiente.

    Perro ve un árbol.

    Tira.

    Avanza.

    Llega.

    Olfatea.

    Si tirar aumenta, avanzar hacia ese árbol puede estar reforzando la conducta.

    Nadie necesitó darle comida.

    El propio ambiente proporcionó la consecuencia.

    Esto nos obliga a ampliar la idea de reforzador.

    Pueden funcionar como reforzadores:

    • olfatear;
    • avanzar;
    • saludar;
    • acceder a una puerta;
    • subir a un coche;
    • continuar una interacción.

    Ahora el entrenamiento parece menos un intercambio artificial de “obediencia por comida”.

    Se parece más a organizar acceso a las cosas que ya importan al perro.

    Una objeción razonable: ¿no estamos reduciendo al perro a una máquina?

    Llegados a este punto alguien podría protestar.

    “Todo esto suena como si el perro fuera una máquina que responde automáticamente a contingencias.”

    La objeción merece atención.

    El propio dossier rechaza una interpretación tan simple.

    El perro no es una caja vacía.

    Su conducta está influida por:

    • especie;
    • genética;
    • desarrollo;
    • experiencia;
    • motivación;
    • emoción;
    • repertorio previo.

    Además, no todas las respuestas son igualmente fáciles de enseñar. Anatomía, predisposiciones, historia y sistemas motivacionales delimitan el repertorio dentro del cual el aprendizaje puede operar.

    El dossier formula la idea así:

    el refuerzo selecciona dentro de un repertorio biológicamente posible.

    Por tanto, explicar una conducta mediante contingencias no significa negar biología, emoción o cognición.

    Significa identificar una dimensión concreta del problema:

    cómo las consecuencias cambian la probabilidad de determinadas acciones.

    No es toda la explicación.

    Pero tampoco es una parte menor.

    ¿Qué ocurre cuando dejamos de reforzar?

    Supongamos que un perro ladra para obtener atención.

    Durante meses, ladrar ha funcionado.

    Ahora decidimos no atenderlo cuando ladra.

    Estamos modificando una relación que mantenía la conducta.

    Eso es extinción: una conducta anteriormente reforzada deja de producir el reforzador que la mantenía.

    Pero tampoco aquí debemos imaginar un proceso limpio y automático.

    Pueden aparecer:

    • persistencia;
    • variabilidad;
    • frustración;
    • recuperación;
    • aumentos temporales de frecuencia o intensidad.

    El denominado extinction burst puede ocurrir, pero no debe presentarse como una ley inevitable.

    Además, la extinción no siempre es prudente.

    En conductas relacionadas con miedo, agresión o riesgo puede ser peligrosa, frustrante o difícil de aplicar. El dossier señala que con frecuencia resulta preferible combinar manejo y refuerzo de alternativas.

    Así que incluso una idea aparentemente sencilla —“deja de reforzarlo”— necesita contexto.

    ¿Y si reforzamos sólo algunas veces?

    Aquí aparece otra intuición muy extendida.

    Si reforzamos una conducta de forma impredecible, ¿se vuelve prácticamente indestructible?

    La respuesta prudente es: depende.

    Los programas de reforzamiento pueden organizarse por razón o intervalo, y ser fijos o variables:

    • FR;
    • VR;
    • FI;
    • VI.

    Existe una amplia tradición experimental sobre estos programas, pero buena parte procede de trabajos con otras especies. La literatura aplicada comparativa específicamente en perros es considerablemente menor.

    Además, pasar demasiado rápido a exigencias mayores puede deteriorar la conducta, aumentar latencias o producir ratio strain.

    Por tanto, no podemos convertir “variable ratio” en una fórmula universal.

    El aprendizaje es más interesante —y más incómodo— que cualquier mantra.

    Lo que sigue del argumento

    Si hemos llegado hasta aquí, varias cosas deberían haber cambiado.

    La primera es nuestra manera de formular los problemas.

    En lugar de:

    “¿Cómo corrijo esto?”

    podemos preguntar:

    “¿Qué consecuencia está manteniendo esta conducta?”

    En lugar de:

    “¿Por qué no quiere obedecer?”

    podemos preguntar:

    “¿En qué contexto aprendió esta respuesta y qué consecuencias compiten ahora con ella?”

    En lugar de:

    “Le di un premio.”

    podemos preguntar:

    “¿La conducta aumentó?”

    En lugar de:

    “Lo castigué.”

    podemos preguntar:

    “¿La conducta disminuyó y qué otros efectos produjo el procedimiento?”

    En lugar de:

    “Mi perro sabe la orden.”

    podemos preguntar:

    “¿Qué estímulos controlan realmente la respuesta y se ha generalizado a este contexto?”

    Éste es un cambio pequeño en el lenguaje, pero grande en el razonamiento.

    Nos obliga a abandonar explicaciones fáciles y observar relaciones.

    Pero no basta con observar una vez

    Aquí aparece otra dificultad importante.

    Supongamos que aplicamos una intervención y al día siguiente la conducta disminuye.

    ¿Ya demostramos que funcionó?

    No necesariamente.

    La reducción podría deberse a:

    • fatiga;
    • saciedad;
    • miedo;
    • contexto;
    • cambio ambiental;
    • extinción;
    • otras variables.

    Por eso el dossier recomienda observar medidas como:

    • frecuencia;
    • latencia;
    • duración;
    • tasa;
    • contexto;
    • consecuencias;
    • variabilidad;
    • cambios después de la intervención.

    Incluso registrar entre diez y veinte ensayos, comparar situaciones y observar reforzadores competidores puede proporcionar más información que una impresión aislada.

    La cuestión es sencilla:

    si afirmamos que una consecuencia cambió una conducta, necesitamos mirar realmente si la conducta cambió.

    La tabla no explica al perro

    Ahora podemos volver a los cuatro cuadrantes.

    R+.

    R−.

    P+.

    P−.

    Son útiles.

    Nos permiten clasificar consecuencias.

    Pero el propio dossier advierte contra convertir el condicionamiento operante en una tabla memorizada.

    Porque una conducta real también requiere considerar:

    • antecedentes;
    • contexto;
    • motivación;
    • emoción;
    • historial;
    • reforzadores competidores;
    • programas de reforzamiento;
    • generalización;
    • bienestar.

    Así que la tabla responde a una pregunta limitada:

    ¿qué tipo de relación funcional existe entre esta conducta y esta consecuencia?

    No responde automáticamente:

    ¿por qué este perro hace esto aquí, ahora, con esta persona y bajo estas condiciones?

    Para eso necesitamos un análisis más completo.

    La pregunta que queda

    Volvamos al principio.

    Tu perro ladra.

    Tira.

    Salta.

    Roba objetos.

    No responde a una señal.

    ¿Qué está haciendo?

    La respuesta rápida consiste en atribuir una intención:

    “desobedece”.

    “es terco”.

    “sabe que está mal”.

    Quizá alguna de esas descripciones capture parte de nuestra experiencia.

    Pero antes de aceptar cualquiera de ellas, podemos plantear una pregunta más exigente:

    ¿qué consecuencias ha producido esta conducta a lo largo del tiempo?

    Porque un perro puede estar realizando exactamente la conducta que su historia le ha enseñado que funciona.

    Y aquí aparece la parte incómoda.

    Nosotros también formamos parte de esa historia.

    Abrimos puertas.

    Prestamos atención.

    Permitimos avanzar.

    Retiramos cosas.

    Terminamos juegos.

    Damos comida.

    Creamos señales.

    Repetimos errores.

    A veces enseñamos deliberadamente.

    A veces enseñamos sin saberlo.

    El condicionamiento operante no dice simplemente que los perros obedecen a cambio de premios.

    Dice algo mucho más profundo y general:

    las conductas cambian según las consecuencias que producen y las condiciones en que esas consecuencias ocurren.

    Por eso, para saber qué está aprendiendo un perro, no basta mirar nuestras intenciones.

    Tenemos que mirar lo que obtiene él.

    Qué conducta produce qué consecuencia.

    Cuándo.

    Con qué valor.

    En qué contexto.

    Y entonces queda una pregunta que ninguna tabla puede responder por nosotros:

    Si muchas de las conductas de tu perro persisten porque de alguna manera han funcionado, ¿cuántas de las cosas que llamas “problemas de comportamiento” son en realidad aprendizajes que todavía no has terminado de comprender?

  • Tu perro también aprende de ti: una conversación sobre consecuencias, hábitos y entrenamiento

    Hay una escena que se repite en muchas casas.

    El perro ladra frente a la puerta. Al principio nadie le hace caso. Vuelve a ladrar. Alguien, cansado, termina abriendo.

    Otro día ocurre lo mismo.

    Y otro.

    Después de unas semanas alguien dice: “No entiendo por qué ladra tanto para salir”.

    Tal vez la pregunta debería formularse al revés: ¿por qué habría de dejar de ladrar si ladrar funciona?

    Ahí comienza el condicionamiento operante.

    No hace falta imaginar al perro pensando: “He descubierto que puedo manipular a estos humanos”. Tampoco necesitamos atribuirle rebeldía, malicia o un misterioso deseo de dominar la casa. Basta algo mucho más sencillo: una conducta produjo una consecuencia y esa consecuencia cambió la probabilidad de que la conducta volviera a aparecer.

    Eso es, en esencia, aprender de las consecuencias.

    Y lo interesante es que ocurre continuamente, incluso cuando nadie cree estar entrenando.

    Cuando creemos que no estamos enseñando nada

    Solemos reservar la palabra entrenamiento para momentos bastante formales: sacar premios, pedir “sentado”, utilizar un clicker o practicar la llamada.

    Pero el perro no distingue con tanta cortesía entre “hora de entrenamiento” y “vida normal”.

    La vida normal también enseña.

    Salta sobre nosotros y recibe atención.

    Tira de la correa y consigue llegar al árbol.

    Roba un calcetín y comienza una persecución por el pasillo.

    Ladra y la puerta se abre.

    Se acerca tranquilamente y recibe una caricia.

    Es decir, sus acciones producen cambios.

    Y cuando esos cambios alteran la probabilidad futura de una conducta, estamos ante aprendizaje operante. Una operante no se define únicamente por cómo se ve, sino por la relación histórica que existe entre una conducta y las consecuencias que ha producido.

    Esto nos obliga a aceptar una idea un poco incómoda: podemos enseñar una conducta sin querer enseñarla.

    De hecho, probablemente lo hacemos todos.

    “Pero yo le digo que no”

    Aquí aparece una de esas frases humanas que parecen resolver el problema porque expresan claramente nuestra intención.

    “Yo le digo que no.”

    Perfecto. Pero el perro no aprende nuestra intención; aprende relaciones.

    Supongamos que roba un objeto y nosotros gritamos, nos acercamos rápidamente e intentamos quitárselo. Desde nuestra perspectiva estamos corrigiendo.

    Desde la suya pueden estar ocurriendo varias cosas.

    Quizá el grito sea aversivo y el robo disminuya.

    Quizá obtenga atención.

    Quizá comience un entretenido juego de persecución.

    Quizá aprenda a correr más deprisa con el objeto.

    Quizá no cambie nada.

    Por eso una consecuencia no se clasifica según lo que nosotros queríamos conseguir, sino según lo que ocurre después con la conducta. Si el robo disminuye, la consecuencia pudo tener una función punitiva. Si aumenta porque la interacción resulta valiosa, nuestra “corrección” podría incluso contribuir a mantenerlo.

    Ésta es quizá una de las lecciones más útiles del condicionamiento operante:

    nuestras buenas intenciones no tienen privilegios sobre los resultados.

    Podemos querer premiar sin reforzar.

    Podemos querer castigar sin reducir una conducta.

    Podemos querer enseñar una cosa y terminar enseñando otra.

    Positivo no quiere decir bueno

    Parte de la dificultad viene del lenguaje.

    En la vida cotidiana solemos utilizar positivo para hablar de algo bueno y negativo para hablar de algo malo. Así que cuando alguien escucha “refuerzo positivo” piensa en una técnica amable, y cuando oye “refuerzo negativo” sospecha que algo desagradable está ocurriendo.

    Pero en este contexto las palabras significan otra cosa.

    Positivo significa que algo se presenta o añade.

    Negativo significa que algo se retira, termina o evita.

    No son categorías morales.

    Después tenemos otras dos palabras: refuerzo y castigo.

    Refuerzo significa que la conducta aumenta o se mantiene.

    Castigo significa que disminuye.

    Con estas dos distinciones aparecen las cuatro contingencias clásicas.

    Si una conducta aumenta porque se presenta algo, hablamos de refuerzo positivo.

    Si aumenta porque algo se retira o evita, hablamos de refuerzo negativo.

    Si disminuye porque se presenta algo, hablamos de castigo positivo.

    Si disminuye porque algo apetitivo se retira, hablamos de castigo negativo.

    Puede parecer un pequeño juego de palabras, pero cambia mucho la manera de mirar al perro.

    Porque ya no preguntamos solamente: “¿Qué hice?”.

    Preguntamos: “¿Qué efecto tuvo lo que hice?”

    El premio que quizá no era premio

    Imagina que estás enseñando al perro a sentarse.

    Dices “sentado”.

    Se sienta.

    Le das una croqueta.

    Repites.

    Pero después de veinte intentos la respuesta no mejora.

    ¿Has usado refuerzo positivo?

    La respuesta técnica no puede ser simplemente “sí, porque le di comida”.

    La comida sólo puede llamarse reforzador de esa conducta si contribuye a que la respuesta aumente o se mantenga.

    Aquí conviene distinguir dos palabras.

    Una recompensa es aquello que nosotros consideramos valioso.

    Un reforzador es aquello cuya función se demuestra por el cambio que produce en la conducta.

    Pueden coincidir.

    Pero no tienen por qué.

    Un perro puede aceptar una croqueta dentro de casa y mostrar muy poco interés por ella cuando está frente a un parque lleno de olores. Puede preferir determinada comida sobre otra. Puede encontrar extraordinariamente valiosa la oportunidad de olfatear y bastante irrelevante una felicitación verbal.

    Los estudios incluidos en el dossier muestran precisamente que las preferencias individuales pueden relacionarse con la eficacia reforzante y que la calidad de una recompensa alimentaria puede influir en el vigor de la respuesta en determinadas condiciones.

    Así que quizá la pregunta no sea “¿llevo premios?”.

    La pregunta más útil sería:

    “¿Qué quiere obtener este perro aquí y ahora?”

    El parque también entrena

    A veces hablamos del entrenamiento como si el humano tuviera el monopolio de las consecuencias.

    Pero el ambiente es un competidor formidable.

    Imagina un perro que tira de la correa para llegar a un árbol.

    Tira.

    Avanza.

    Llega.

    Huele.

    Después nos preguntamos por qué tira.

    Pues porque, al menos algunas veces, tirar funciona.

    El árbol no conoce a Skinner, desde luego. Tampoco necesita conocerlo. El acceso al olor puede fortalecer la conducta que permitió llegar hasta él.

    Esta observación abre una posibilidad mucho más interesante que pelear permanentemente contra el ambiente.

    Podemos utilizarlo.

    Correa floja → avanzar.

    Orientarse hacia la persona → acceso a olfatear.

    Esperar → puerta se abre.

    Responder a la llamada → premio y, algunas veces, volver a jugar.

    Los reforzadores no siempre están en la mano del entrenador. Oler, avanzar, saludar, explorar o acceder a determinados lugares también pueden tener valor.

    Entrenar bien no consiste necesariamente en competir contra lo que el perro quiere.

    A veces consiste en hacer que lo que quiere forme parte del aprendizaje.

    El extraño caso del perro que “sabe” pero no lo hace

    Otra frase conocida:

    “Él sabe sentarse. Lo hace perfectamente en casa.”

    Pero en el parque parece haber perdido misteriosamente sus conocimientos.

    ¿Los perdió?

    Quizá no.

    Tal vez hemos confundido aprender una conducta con aprender a realizarla en cualquier lugar.

    Una respuesta puede estar bajo control de estímulos muy concretos: nuestra posición corporal, la presencia de comida, la cocina, una distancia determinada, la ausencia de perros alrededor.

    Decimos “sentado” y creemos que la palabra es la señal.

    Pero quizá también inclinamos el cuerpo, levantamos la mano y tenemos una golosina entre los dedos.

    ¿A cuál de todas esas cosas está respondiendo realmente?

    El control estimular significa que la probabilidad de la conducta cambia sistemáticamente según determinados antecedentes. La señal adquiere función dentro de una historia en la que esa respuesta ha producido consecuencias.

    Y aquí aparece la generalización.

    Aprender a sentarse en la cocina no equivale automáticamente a sentarse frente a otro perro en la calle.

    No es necesariamente desobediencia.

    Puede ser que todavía no hayamos enseñado suficientemente la conducta en ese contexto.

    Esta distinción tiene algo de humildad práctica: antes de atribuir una intención al perro, conviene preguntarnos qué hemos enseñado realmente.

    También importa cuándo hacemos las cosas

    Podemos encontrar un excelente reforzador y aun así utilizarlo mal.

    El tiempo importa.

    Si el perro realiza la conducta correcta y nosotros tardamos demasiado en proporcionar la consecuencia, puede resultar menos claro qué respuesta está produciendo qué resultado.

    En el estudio de Yamamoto y colaboradores incluido en el dossier, realizado con diez perros, el aumento de los retrasos entre determinadas respuestas y las acciones de sus propietarios estuvo asociado con una reducción de respuestas apropiadas y de atención en varias condiciones. La muestra fue pequeña, por lo que conviene mantener prudencia al generalizar, pero el estudio ilustra la importancia de la proximidad temporal entre conducta y consecuencia.

    Dicho de manera sencilla: si queremos enseñar una conducta, el perro necesita una oportunidad razonable de descubrir cuál de sus acciones fue la que funcionó.

    El buen timing no es obsesión por la precisión.

    Es claridad.

    No siempre tenemos que esperar la conducta perfecta

    Supongamos que queremos que un perro entre voluntariamente en un transportín.

    Podríamos esperar a que entre entero y entonces reforzarlo.

    Quizá tengamos suerte.

    O quizá envejezcamos juntos frente al transportín.

    El shaping ofrece otra posibilidad: construir la conducta poco a poco mediante el reforzamiento diferencial de aproximaciones sucesivas.

    Primero mirar el transportín.

    Después acercarse.

    Luego introducir la cabeza.

    Una pata.

    Dos.

    Entrar.

    El criterio va cambiando progresivamente.

    También podemos capturar conductas que aparecen espontáneamente, utilizar temporalmente un señuelo para guiar un movimiento o enseñar al perro a tocar un objetivo mediante targeting.

    Lo importante es comprender la lógica común: podemos construir comportamiento reforzando pasos que acercan al perro al objetivo.

    Eso cambia también nuestra actitud frente al error.

    En vez de preguntar únicamente “¿por qué no lo hace?”, podemos preguntarnos “¿qué paso intermedio sí puede hacer y puedo reforzar ahora?”.

    Enseñar qué hacer suele ser más útil que repetir qué no hacer

    Cuando aparece una conducta problemática, nuestro lenguaje humano tiende enseguida hacia la prohibición.

    “No saltes.”

    “No tires.”

    “No ladres.”

    “No muerdas.”

    Es comprensible. Pero todavía falta una pregunta:

    ¿Qué queremos que haga en lugar de eso?

    El refuerzo diferencial permite fortalecer conductas alternativas o incompatibles.

    Si el perro salta para obtener atención, podemos reforzar cuatro patas en el suelo.

    Si tira para avanzar, podemos hacer que avanzar dependa de una correa floja.

    Pero hay una dificultad: la conducta problemática no desaparecerá fácilmente si continúa obteniendo consecuencias poderosas por otro lado.

    Podemos reforzar diez veces la alternativa y luego permitir que el perro llegue al árbol tirando.

    El perro también está haciendo sus estadísticas.

    No con una libreta, claro, pero sí mediante su historia de aprendizaje.

    Cuando ignorar no basta

    Aquí aparece otra receta habitual:

    “Ignóralo y se le quitará.”

    A veces puede ocurrir.

    A veces no.

    La extinción consiste en que una conducta que antes producía un reforzador deja de producirlo. Pero eso sólo funciona de esa manera si hemos identificado correctamente qué estaba manteniendo la conducta y podemos retirar esa relación de forma suficientemente consistente.

    Si el perro ladra por atención y dejamos de atenderlo, quizá el ladrido disminuya.

    Pero si también ladra porque así consigue acceso a otro estímulo, porque otra persona responde o porque la propia conducta tiene otras consecuencias, simplemente “ignorar” puede no resolver nada.

    Además, durante la extinción pueden aparecer variabilidad, frustración, persistencia o recuperación. El llamado extinction burst puede ocurrir, pero el dossier advierte que no debe tratarse como una ley inevitable.

    Y, sobre todo, no toda conducta debería abordarse mediante extinción. En comportamientos relacionados con agresión, miedo o riesgos importantes, depender simplemente de “esperar a que deje de funcionar” puede ser peligroso o poco razonable. El manejo del ambiente y el refuerzo de alternativas son con frecuencia opciones más apropiadas.

    El problema de premiar “para siempre”

    Hay personas preocupadas por otra cuestión:

    “¿Entonces tendré que darle comida toda la vida?”

    No necesariamente.

    Pero quizá tampoco convenga apresurarse a dejar de reforzar una conducta que todavía está aprendiendo.

    Durante la adquisición suele ser útil una tasa alta de reforzamiento. Más adelante pueden introducirse programas intermitentes y reforzadores naturales. Sin embargo, el dossier insiste en que la transición debe hacerse gradualmente.

    Existe cierta fascinación popular con el refuerzo variable, como si entregar premios de manera impredecible convirtiera automáticamente una conducta en indestructible.

    La realidad es menos espectacular.

    Los programas de razón e intervalo, fijos o variables, tienen una larga historia experimental, pero la evidencia aplicada específicamente a perros es mucho más limitada que la literatura clásica desarrollada con otras especies.

    Además, aumentar demasiado deprisa las exigencias puede deteriorar la conducta, incrementar la latencia o hacer que deje de aparecer.

    Así que no se trata de convertir los premios en una lotería.

    Se trata de construir una conducta estable y después mantenerla inteligentemente.

    ¿Y el castigo? La pregunta no termina en “funciona”

    Llegamos inevitablemente a un asunto más delicado.

    ¿Puede el castigo reducir una conducta?

    Si utilizamos la palabra en su sentido técnico, la respuesta está incluida en la definición: llamamos castigo precisamente a una consecuencia que reduce la probabilidad futura de una conducta.

    Pero ésa es sólo una pregunta.

    La siguiente es:

    ¿A qué costo?

    Una intervención puede modificar una conducta y, al mismo tiempo, tener consecuencias sobre miedo, estrés, asociaciones emocionales, relación con el humano o bienestar.

    El dossier recoge investigaciones que asocian un mayor uso de métodos aversivos con indicadores de estrés y bienestar comprometido. En un estudio con 92 perros, un mayor uso de procedimientos aversivos se relacionó con más comportamientos de estrés, cambios de cortisol y un sesgo cognitivo más pesimista, aunque el diseño no fue una asignación aleatoria.

    Las revisiones incluidas en la investigación apuntan también hacia riesgos de bienestar y no muestran una superioridad general del castigo positivo frente a métodos basados en refuerzo.

    Pero conviene evitar el extremo contrario: afirmar que un procedimiento aversivo jamás puede modificar comportamiento.

    El dossier incorpora un estudio de 2024 en el que una condición con collar electrónico produjo mayor inhibición en una tarea específica de persecución que determinadas condiciones no aversivas. La muestra final fue pequeña, existieron diferencias de protocolo y el resultado no permite establecer una superioridad general ni resolver las cuestiones de bienestar.

    La distinción importante es ésta:

    “puede cambiar una conducta” y “es el procedimiento que deberíamos elegir” son dos afirmaciones diferentes.

    La primera es descriptiva.

    La segunda exige considerar bienestar, necesidad, alternativas, intensidad y efectos secundarios.

    Y quizá ahí comienza una forma más responsable de entrenar: no preguntando únicamente qué podemos conseguir, sino también cómo queremos conseguirlo.

    Cuando el perro parece estar entrenándonos

    Volvamos ahora a la vida cotidiana.

    El perro ladra y abrimos.

    Salta y lo tocamos.

    Tira y avanza.

    Roba algo y lo perseguimos.

    Nosotros pensamos que reaccionamos a su conducta.

    Desde otro punto de vista, él también está descubriendo qué acciones nuestras puede producir.

    No hace falta convertirlo en una batalla de inteligencias. No hay que decidir quién “manda”.

    Simplemente convivimos dentro de un sistema de consecuencias.

    Y eso significa que nosotros también debemos aprender.

    Debemos observar.

    ¿Cuándo ocurre la conducta?

    ¿Qué la precede?

    ¿Qué consigue el perro?

    ¿Qué evita?

    ¿Aumenta?

    ¿Disminuye?

    ¿Cambia según el lugar?

    ¿La consecuencia que ofrecemos realmente tiene valor?

    El dossier propone precisamente observar frecuencia, duración, latencia, contexto y cambios tras una intervención en lugar de depender solamente de impresiones.

    Es menos emocionante que decir “me está desafiando”.

    Pero bastante más útil.

    Comprender no significa controlar cada segundo

    Hay una tentación curiosa cuando aprendemos estos conceptos.

    Podemos empezar a ver cada interacción como una ecuación.

    El perro mira: contingencia.

    Se sienta: contingencia.

    Ladra: contingencia.

    Respira: quizá también encontremos una etiqueta si nos esforzamos lo suficiente.

    Pero el propio dossier advierte que los cuatro cuadrantes son sólo un mapa inicial. La conducta real depende también de antecedentes, contexto, motivación, emoción, historia de aprendizaje, generalización, programas de reforzamiento y competencia entre distintas consecuencias.

    Además, el perro no es una caja vacía sobre la que escribimos lo que queramos.

    Su especie, genética, desarrollo, repertorio y experiencia influyen en lo que puede aprender y en la facilidad con que determinadas conductas aparecen. El refuerzo selecciona dentro de un repertorio biológicamente posible.

    Comprender el condicionamiento operante no significa imaginar que podemos fabricar cualquier perro que deseemos.

    Significa comprender mejor una parte importante de cómo aprende.

    La pregunta que conviene hacernos

    Quizá el cambio más útil que produce todo esto sea bastante sencillo.

    Cuando aparece una conducta que no nos gusta solemos preguntar:

    “¿Cómo hago para que deje de hacerlo?”

    La ciencia del aprendizaje propone una pregunta anterior:

    “¿Qué está obteniendo con esa conducta?”

    Y después otra:

    “¿Qué conducta alternativa puedo hacer que funcione mejor?”

    La diferencia parece pequeña, pero cambia nuestra posición.

    Ya no estamos intentando derrotar al perro.

    Estamos intentando entender la relación entre comportamiento y consecuencia.

    Esto también nos obliga a aceptar nuestra parte de responsabilidad. No porque toda conducta problemática sea “culpa del dueño” —esa explicación sería tan pobre como atribuirlo todo al perro—, sino porque vivimos dentro del ambiente en el que el perro aprende.

    Abrimos puertas.

    Sujetamos correas.

    Proporcionamos atención.

    Permitimos acceso.

    Retiramos cosas.

    Creamos oportunidades.

    A veces somos parte del reforzador y ni siquiera lo sabemos.

    Una última manera de mirar a tu perro

    La próxima vez que tu perro haga algo que te resulte incomprensible, prueba durante un momento a no llamarlo terco, dominante, manipulador ni desobediente.

    Observa.

    ¿Qué ocurrió justo antes?

    ¿Qué hizo exactamente?

    ¿Qué ocurrió después?

    ¿Y qué suele conseguir cuando hace eso?

    Puede que descubras algo bastante menos misterioso que una lucha de voluntades.

    Quizá descubras una conducta que ha aprendido porque, de alguna manera, funciona.

    El condicionamiento operante no nos enseña simplemente a repartir premios o administrar correcciones. Nos enseña a mirar relaciones: qué conducta produce qué consecuencia, cuándo ocurre, cuánto vale esa consecuencia y en qué contexto aparece.

    Y eso deja una pregunta práctica que vale más que memorizar cualquier cuadrante:

    si tu perro está aprendiendo constantemente de lo que ocurre después de sus acciones, ¿qué le estás enseñando tú cuando crees que no estás entrenando?