Tu perro aprende de lo que funciona: cómo las consecuencias cambian su conducta

Tu perro ladra frente a la puerta.

Esperas.

Vuelve a ladrar.

Esperas otra vez.

Finalmente abres.

Al día siguiente ocurre lo mismo.

Y después de unas semanas quizá pienses:

“¿Por qué sigue ladrando si sabe perfectamente que no debería hacerlo?”

Pero mira la escena otra vez.

El perro ladró.

La puerta se abrió.

Ladró otra vez.

La puerta volvió a abrirse.

Entonces quizá la pregunta interesante no sea por qué sigue haciéndolo.

Quizá sea:

¿por qué dejaría de hacerlo si ladrar funciona?

Ahí empieza el condicionamiento operante.

No empieza con una tabla de cuatro cuadrantes.

No empieza con premios ni castigos.

Empieza con algo mucho más cotidiano:

un perro hace algo y después ocurre algo.

Y si aquello que ocurre cambia la probabilidad de que la conducta vuelva a aparecer, el perro está aprendiendo de sus consecuencias. Ésa es la idea central del condicionamiento operante.

Tu perro está aprendiendo incluso cuando tú no estás “entrenando”

Solemos imaginar el entrenamiento como un momento especial.

Sacamos comida.

Decimos “sentado”.

Esperamos una respuesta.

Premiamos.

Pero para el perro no existe una frontera clara entre “sesión de entrenamiento” y “vida cotidiana”.

La vida cotidiana también enseña.

El perro salta cuando llegas y recibe atención.

Tira de la correa y consigue acercarse a un árbol.

Roba un calcetín y empieza una persecución.

Ladra y alguien abre una puerta.

Se queda tranquilo y recibe una caricia.

Todas estas situaciones tienen algo en común:

la conducta cambia algo en el ambiente.

En análisis de conducta, una contingencia puede representarse de manera sencilla:

Antecedente → conducta → consecuencia.

O:

A → B → C.

Algo ocurre antes.

El perro hace algo.

Algo ocurre después.

Pero falta todavía la pregunta más importante:

¿qué sucede después con esa conducta?

Porque no toda consecuencia cambia el comportamiento.

Y eso nos lleva a una de las ideas más importantes de todo este tema.

Tu intención no determina lo que el perro aprendió

Imagina esto.

Tu perro roba un calcetín.

Tú dices “¡no!”.

El perro corre.

Tú lo persigues.

Finalmente recuperas el calcetín.

Desde tu perspectiva acabas de corregir una conducta.

Pero ahora mira la secuencia desde el punto de vista del aprendizaje.

Perro roba calcetín.

Humano reacciona.

Humano persigue.

Empieza una interacción.

Si con el tiempo el perro roba más calcetines, ¿podemos seguir diciendo que aquella persecución funcionó como castigo?

No necesariamente.

Quizá funcionó como atención.

Quizá como juego.

Quizá como una oportunidad de iniciar una persecución que al perro le resulta valiosa.

El dossier resume este principio de manera especialmente importante:

una consecuencia se clasifica por su efecto sobre la conducta, no por la intención de la persona.

Eso significa que no basta con decir:

“Lo premié.”

O:

“Lo castigué.”

Tenemos que mirar qué ocurrió con la conducta después.

Aquí necesitamos cuatro palabras

Ahora sí podemos introducir la famosa terminología.

Pero primero observa algo.

En la vida cotidiana utilizamos positivo para decir “bueno” y negativo para decir “malo”.

En condicionamiento operante no significan eso.

Positivo significa que algo se presenta.

Negativo significa que algo se retira, termina o evita.

Ahora las otras dos palabras.

Refuerzo significa que la conducta aumenta o se mantiene.

Castigo significa que la conducta disminuye.

Al combinar ambas dimensiones obtenemos cuatro posibilidades:

Se presenta algoSe retira, reduce o evita algo
La conducta aumentaRefuerzo positivo (R+)Refuerzo negativo (R−)
La conducta disminuyeCastigo positivo (P+)Castigo negativo (P−)

La tabla es útil.

Pero hay que usarla correctamente.

No te dice por qué un perro hace todo lo que hace.

Sólo clasifica determinadas relaciones entre conducta y consecuencia.

Refuerzo positivo: no significa simplemente “dar premios”

Mira este ejemplo.

Dices “sentado”.

El perro se sienta.

Le das comida.

Después de varias repeticiones, sentarse ocurre con mayor frecuencia.

Aquí la comida puede estar funcionando como refuerzo positivo.

¿Por qué?

Porque después de la conducta apareció algo y la conducta aumentó.

Pero ahora cambiemos una sola cosa.

Dices “sentado”.

El perro se sienta.

Le das una croqueta que apenas le interesa.

Repites veinte veces.

La respuesta no mejora.

¿Podemos decir automáticamente que utilizaste refuerzo positivo porque entregaste comida?

No.

Para llamar reforzador a una consecuencia tenemos que observar su efecto sobre la conducta.

Por eso recompensa y reforzador no son exactamente lo mismo.

Una recompensa puede ser algo que nosotros creemos valioso.

Un reforzador es algo cuya función se demuestra porque fortalece la conducta.

Y aquí aparece otra sorpresa:

los mejores reforzadores no siempre están dentro de una bolsa.

El árbol también puede entrenar a tu perro

Imagina un paseo.

Tu perro ve un árbol.

Tira.

Tú avanzas.

Llega al árbol.

Empieza a olfatear.

Al día siguiente vuelve a tirar.

Y después vuelve a hacerlo.

Mira la secuencia:

tirar → avanzar → olfatear.

Si tirar aumenta, avanzar hacia el árbol puede estar reforzando esa conducta.

Nadie entregó comida.

Nadie dijo “muy bien”.

Pero el perro consiguió algo que tenía valor.

Eso es importante porque el ambiente puede ofrecer reforzadores muy potentes:

oler, avanzar, jugar, saludar, atravesar una puerta, acceder a un espacio o continuar explorando.

Así que cuando preguntamos:

“¿Qué premio estoy usando?”

quizá estamos haciendo una pregunta demasiado pequeña.

Una mejor pregunta sería:

¿qué consigue mi perro cuando hace esto?

Refuerzo negativo: probablemente no significa lo que creías

Éste es uno de los términos que más confusión produce.

“Refuerzo negativo” no significa regañar.

Recuerda:

refuerzo = la conducta aumenta.

negativo = algo desaparece, disminuye o se evita.

Por ejemplo:

aparece presión.

El perro realiza una respuesta.

La presión desaparece.

Con el tiempo esa respuesta aumenta.

Eso puede ser refuerzo negativo.

Si la conducta termina algo aversivo que ya estaba presente, hablamos de escape.

Si permite evitar o retrasar algo aversivo que se esperaba, hablamos de evitación.

Lo importante aquí es separar dos preguntas:

¿qué ocurrió con el estímulo?

y

¿qué ocurrió después con la conducta?

Cuando hacemos esa separación, la terminología deja de parecer tan extraña.

Y castigo tampoco significa simplemente violencia

En lenguaje cotidiano, castigar puede significar regañar, golpear, reprender o imponer alguna consecuencia desagradable.

En sentido técnico es más sencillo:

una consecuencia funciona como castigo cuando reduce la probabilidad futura de una conducta.

Si después de una conducta aparece algo y ésta disminuye, hablamos de castigo positivo.

Si desaparece algo apetitivo y la conducta disminuye, hablamos de castigo negativo.

Por ejemplo:

dos perros juegan.

Uno muerde demasiado fuerte.

El juego termina.

Si con el tiempo esas mordidas disminuyen, la retirada del juego puede funcionar como castigo negativo.

Pero aquí aparece una pregunta distinta.

Y es muy importante no confundirlas.

Una técnica puede modificar una conducta.

¿Eso significa que deberíamos utilizarla?

No necesariamente.

Eficacia y bienestar son preguntas diferentes

Supongamos que una intervención aversiva reduce rápidamente una conducta.

Desde el punto de vista operante podemos preguntar:

¿disminuyó la conducta?

Pero eso no responde todavía a preguntas como:

¿produjo miedo?

¿generó estrés?

¿afectó otras conductas?

¿cambió la relación con la persona?

¿había alternativas?

¿qué ocurrió con el bienestar del perro?

La literatura incluida en el dossier señala asociaciones entre métodos aversivos y diferentes indicadores de bienestar comprometido. Un estudio con 92 perros encontró que un mayor uso de métodos aversivos se relacionaba con más comportamientos de estrés, cambios de cortisol y un sesgo cognitivo más pesimista, aunque el estudio no utilizó asignación aleatoria.

Pero la historia tampoco debe convertirse en una afirmación absoluta.

El dossier recoge un estudio de 2024 donde una condición con collar electrónico produjo mayor inhibición de persecución en una tarea específica que determinadas condiciones no aversivas. Sin embargo, existían limitaciones importantes: muestra final pequeña, tarea concreta, diferencias de protocolo y dificultades para generalizar.

Así que la conclusión responsable no es:

“Los castigos nunca funcionan.”

Tampoco:

“Si funciona, es un buen método.”

La distinción más útil es:

“puede modificar la conducta” y “es necesario, óptimo o preferible” son preguntas diferentes.

Hay otra cosa que puede cambiar completamente el resultado: el tiempo

Supongamos que tu perro se sienta.

Un segundo después se levanta.

Después mira hacia otro lado.

Después tú entregas comida.

¿Qué conducta estás reforzando exactamente?

Éste es el problema del timing.

Cuanto más clara sea la proximidad entre conducta y consecuencia, más fácil resulta para el animal discriminar qué respuesta produjo el resultado.

En un estudio con diez perros, Yamamoto y colaboradores compararon diferentes retrasos en las acciones de los propietarios. A medida que aumentaban los retrasos, disminuyeron varias respuestas correctas y la atención de los perros. La muestra fue pequeña, así que no conviene exagerar el hallazgo, pero ilustra bien por qué el tiempo importa.

No basta con reforzar.

Hay que hacer suficientemente claro qué estamos reforzando.

“Mi perro sabe sentarse, pero afuera decide no hacerlo”

Esta frase merece atención.

Porque quizá el problema no sea que el perro haya olvidado nada.

Tal vez nunca aprendió exactamente lo que nosotros creíamos.

Una conducta está bajo control estimular cuando su probabilidad cambia sistemáticamente en presencia de determinados estímulos.

Imagina que durante semanas enseñaste “sentado” de esta forma:

dices la palabra.

Te inclinas.

Levantas la mano.

Tienes comida.

Estás en la cocina.

Ahora sales al parque.

Dices la misma palabra.

Pero estás de pie.

No hay comida visible.

Hay perros.

Hay olores.

Hay movimiento.

Y el perro no se sienta.

¿Está desobedeciendo?

Quizá.

Pero primero tenemos que preguntarnos qué señal controlaba realmente la conducta.

Podría ser la mano.

La postura.

La comida.

El lugar.

O una combinación de todo eso.

El dossier recuerda que una señal adquiere control a través de una historia de señal → oportunidad de responder → consecuencia.

Y después necesitamos otra cosa:

generalización.

Responder en la cocina y responder frente a otro perro no son necesariamente la misma tarea.

Entonces, ¿cómo construimos una conducta nueva?

No siempre podemos esperar a que el perro haga perfectamente aquello que queremos.

A veces tenemos que construirlo.

Un ejemplo es el shaping.

Supongamos que queremos que entre voluntariamente en un transportín.

Podríamos esperar a que entre completo.

O podemos reforzar pequeños pasos:

primero mira el transportín.

Luego se acerca.

Introduce la cabeza.

Una pata.

Dos patas.

Finalmente entra.

Eso es reforzar aproximaciones sucesivas hacia una conducta objetivo.

Pero también hay una trampa.

Si aumentamos el criterio demasiado rápido, podemos ver caída de respuestas, frustración o abandono.

Así que enseñar no significa simplemente esperar el comportamiento final.

También significa saber construir el camino hasta él.

Ahora volvamos al perro que ladraba frente a la puerta

Recuerda la escena del principio.

El perro ladra.

Esperas.

Ladra otra vez.

Abres.

Si esa secuencia se repite, ladrar puede adquirir una historia de reforzamiento.

Entonces decides cambiarla.

Ya no abrirás cuando ladre.

Ahora aparece otro concepto:

extinción.

La extinción ocurre cuando una conducta que anteriormente producía un reforzador deja de producirlo.

Pero no significa que el comportamiento desaparecerá inmediatamente.

Puede persistir.

Puede variar.

Puede reaparecer.

Puede aumentar temporalmente.

Y no siempre es una buena estrategia utilizar extinción de manera aislada. En conductas relacionadas con miedo, agresión o situaciones de alto riesgo puede resultar poco práctica o peligrosa. El dossier señala que con frecuencia conviene combinar manejo y refuerzo de una alternativa.

En nuestro ejemplo podríamos enseñar otra conducta.

Esperar.

Mirar a la persona.

Permanecer tranquilo.

Y hacer que esa conducta sea la que abra la puerta.

Ahora estamos modificando la contingencia.

Ésta es probablemente la pregunta más útil de todo el artículo

Cuando tu perro hace algo que no quieres, normalmente preguntas:

“¿Cómo hago para que deje de hacerlo?”

El condicionamiento operante propone detenernos un momento antes.

Y preguntar:

“¿Qué consecuencia está manteniendo esta conducta?”

Tu perro salta.

¿Qué consigue?

Tira.

¿Qué consigue?

Ladra.

¿Qué consigue?

Roba objetos.

¿Qué ocurre después?

No siempre encontraremos una explicación simple.

El comportamiento también depende de emoción, motivación, historia, genética, contexto, salud y muchas otras variables.

El propio dossier advierte que los cuatro cuadrantes son sólo un mapa inicial. Para explicar conductas reales necesitamos también antecedentes, contexto, motivación, emoción, historia, reforzadores competidores, programas de reforzamiento, generalización y bienestar.

Pero empezar observando las consecuencias cambia mucho nuestra manera de mirar.

Lo que tu perro puede estar enseñándote

Existe una última idea interesante.

Pensamos que nosotros entrenamos a nuestros perros.

Y es verdad.

Pero vivimos dentro del mismo sistema.

El perro ladra.

Tú abres.

El perro vuelve a ladrar.

También tu conducta ha producido una consecuencia:

el ladrido terminó.

Quizá la próxima vez abras antes.

Dos organismos pueden ir ajustando su comportamiento dentro de la misma interacción.

No necesitamos convertirlo en una historia de manipulación.

Sólo reconocer que convivir significa responder continuamente a las acciones del otro.

Por eso aprender sobre condicionamiento operante no sirve únicamente para enseñar “sentado”, “quieto” o “ven”.

Sirve para observar la convivencia con más precisión.

Tres cosas para mirar desde hoy

Cuando aparezca una conducta que quieras comprender, intenta observar tres momentos.

Qué ocurrió antes.

Qué hizo exactamente el perro.

Qué consiguió o evitó después.

Y después añade una cuarta pregunta:

¿la conducta está aumentando, disminuyendo o manteniéndose?

Ese pequeño ejercicio puede revelar más que muchas etiquetas.

Porque decir:

“es terco”

no te dice qué cambiar.

Pero decir:

“cuando tira consigue avanzar hacia el olor”

ya empieza a mostrar dónde intervenir.

Volvamos una última vez al principio

El perro ladra frente a la puerta.

¿Es terco?

¿Está desobedeciendo?

¿Quiere molestarte?

Tal vez esas preguntas lleguen demasiado pronto.

Primero mira la secuencia.

Ladra.

¿Qué ocurre?

¿La puerta se abre?

¿Recibe atención?

¿Alguien se acerca?

¿La conducta está aumentando?

El condicionamiento operante no nos enseña simplemente que los perros hacen cosas a cambio de premios.

Nos enseña algo mucho más general:

los perros ajustan su conducta según las consecuencias que sus acciones producen.

Algunas consecuencias las damos nosotros.

Otras provienen directamente del ambiente.

Y muchas ocurren sin que siquiera nos demos cuenta.

Así que la próxima vez que tu perro haga algo que parezca incomprensible, antes de preguntarte cómo corregirlo, prueba una pregunta distinta:

¿qué está funcionando para él?

Quizá ahí empiece la explicación.

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